Autogobierno


La necesidad de los gobiernos (su existencia) revela que el hombre, incapaz de autogobernarse, cede el control de parte de sí a un órgano coercitivo. Pero aun si el hombre se conquistara a sí mismo, este órgano coercitivo no habría de desaparecer por completo pues existe una región supraindividual (allí donde concurren todas las dinámicas individuales interactuando) en cuyo seno insurge un mecanismo o ente que como suma de partes constituye a uno particular de los diversos sistemas vivientes por largo tiempo caracterizado; hablo del denominado sistema social (recordar que un sistema no existe porque exista su abstracción, su abstracción ha sido necesaria para la descripción de un fenómeno real).

Lo que en cambio sí podría ocurrir es la llamada utopía. Es decir, si nuestra hipótesis se hiciera cierta, entonces contaríamos con todos los elementos para positivamente ver arribar un mundo en donde la capacidad coercitiva de los gobiernos fuese reducida a su máximo posible. El corolario es claro: por utópica que sea dicha posibilidad, es una a la que no deberíamos de renunciar tan fácilmente; simplemente porque, como ya dije, dicha reducción sería un indicador de la buena conducción del individuo, de cierta eficacia en su autogobierno.

Hay todo un perorar largo que podría derivarse a partir de esta idea. Pero ahora quiero ser sucinta y llegar a la conclusión más útil posible y pronta de extraer de esta consideración: que muy a pesar de todo y muy por encima de esa pequeña legión de orates queriendo someter a poblaciones enteras a su mentecato gobierno, resulta siempre saludable cualquier acción encaminada a hacer reducir el papel coercitivo de un gobierno cualquiera a menos que queramos ver su instauración por medios aún más indeseables: el de la cancelación del mayor número de interacciones sociales entre los individuos; el de un gobierno no coercitivo sólo posible por la vía de hombres eremitas diseminados por el orbe, sabios lo suficiente como para respetar a los demás y, entonces sí, la desaparición del gobierno a instancias del autogobierno (por supuesto, una reducción drástica en la tasa poblacional haría posible la vuelta a pequeñas comunidades en donde la pugna gobierno/autogobierno apenas si subsistiría).
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Un mundo así de eremitas, por cierto, podría llegar a ser deseable si las escasas interacciones que allí ocurriesen no estuviesen sometidas a un catálogo de reglamentaciones; y, a modo de confesión, debo decir que la situación no me es aberrante en lo absoluto, pero conozco a muchos que protestarían ante la idea.

Dios y la música*


Al margen de mis concepciones sobre el tema, pienso que la música sacra resulta ser una de las músicas que más instantes de imperturbable belleza puede llegar a dar. No asocio a esta música con los crímenes que se hayan efectuado en el período a nombre del origen común (Dios) entre los crímenes y la composición sacra. Sería tan tonto como podría serlo odiar el saber científico solamente porque también se le ha utilizado para asesinar a hombres. Todo sistema de ideas —sean de cariz religioso, económico, político, etcétera—, parece arrastrar, adlátere, una estela de crimen y locura tras él, pero esto no es tanto por un vicio en el sistema mismo, como por un vicio en su interpretación (casi siempre excesiva en subjetivismos). Por eso la música con que inicio este escrito es música compuesta en el siglo XX por Arvo Pärt, es decir, compuesta en un siglo en donde los más grandes crímenes se suscitaron menos por fanatismo religioso que por otros fanatismos (a fin de cuentas la religión, lo mismo que otros sistemas son sólo subterfugio para el impulso, muchas veces tarado, de desmitificación del mundo por parte del hombre).

Comienzo.

Ser ateo es prescindir de la idea de Dios y no, como a veces se presume, negar su existencia. Lógicamente es imposible negar la existencia de algo estipulado a priori (es cuando se aprecia la potencia del lenguaje simbólico y, concretamente, de la palabra creadora: parece que hablar de Dios revelara la certeza misma de su ser); aunque todos sabemos que dicha imposibilidad tampoco dice algo sobre la constitución ontológica de eso que se presume existente, o que no puede decir más de lo que quiera decir nuestra esperanza.

Hay muchísima gente muy creyente a quien respeto por la belleza de su intelecto y de su alma.

La opción entre prescindir de Dios o necesitar de él, no tiene que ver con un hecho de la inteligencia o del razonamiento (con una postura epistemológica; en donde, por ejemplo, un espíritu empirista estaría rotundamente condenado a prescindir de él; en tanto que uno racionalista a defender por argumentos lógicos su veracidad). Hay muchísimos ejemplos de esto en la historia. Citaré dos ejemplos contundentes. Isaac Newton e Hipatia.

El primero no solamente creía en Dios sino que dedicó gran parte de su vida al estudio de la Biblia, del Apocalipsis y sus profecías particularmente, y pensaba que de alguna manera su Filosofía Natural, habría de dar sustento a la existencia de Dios y a la Teología Natural de su tiempo. La segunda, a pesar de ser una de las mujeres más inteligentes si se revisa la historia de las ideas, una filósofa de espíritu absolutamente revolucionario (en verdad no es un pleonasmo), etcétera, era también practicante del paganismo de su época.

La opción entre prescindir de Dios o necesitar de él, aparece ligada a un hecho que, en mi opinión, da cuenta de la singularidad del hombre frente a otras especies del planeta: lo que Max Horkheimer y Theodor W. Adorno denominan, el “desencantamiento del mundo”, o sea, el dominio de la naturaleza, el destierro de nuestros miedos.

El desencantamiento del mundo tiene sus períodos. El período arcaico, el período antiguo, el período de la modernidad ilustrada, el período de nuestra postmodernidad.

El período arcaico está plagado de una polivalencia de dioses cuya existencia está asociada a ciclos biológicos de la Tierra; se extiende hasta el origen de las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo). El segundo período compone el nacimiento y prolongación de tales religiones monoteístas. El tercero, que concretamente tiene su raíz ideológica con la reforma luterana y en el racionalismo contemporáneo de dicho movimiento, da origen después a la conciencia del hombre ilustrado que intercambia la necesidad de una entidad divina que da origen al mundo por una comprobación (la de ese hecho). Y, finalmente, la mentada postmodernidad en donde el hombre, frente a su sórdida existencia decide sustituir a Dios por sí mismo.

Vivimos ahora y con intensidad esa época. Blogs, Twitters, Facebooks, estas palestras de nuestro ego, en cierta forma dan testimonio del hecho: vivimos no solamente para reivindicar nuestras voluntades por siglos domeñadas, sino para erigir nuestra voluntad en fuerza sagrada, casi mítica; parafraseando a Adorno y a Horkheimer, si “el mito es ya Ilustración”; el mito también —yo añado— se convirtió en postmodernidad**.  El error de esta impostura tiene su origen en una malversación de las últimas tesis nitzscheanas (Así habló Zarathustra, La voluntad de poder, etc.), por un lado, y en una fundamental incomprensión de las primeras (El Origen de la Tragedia). Y enferma pensar que debamos padecer del recrudecimiento de nuestras voluntades para, después del hartazgo, vomitarnos y ser esos supuestos superhombres que estamos llamados a ser (¿no podríamos crear algún atajo?). Sobre este hecho, a veces me pregunto si los grandes criminales de la historia no serán mentes con un superávit de voluntad. O a la mejor solamente sucede que, la voluntad, situada en la capa cortical prefrontal del cerebro, llega también a enfermarse. COROLARIO. La voluntad del hombre sustituye a Dios, pero si su voluntad está enferma, entonces, el desencantamiento del mundo se convierte durante la postmodernidad en desencanto.

Por esto mismo, de nada serviría saber un día todos que Dios —como se conciba— en efecto fuera una creación humana y solamente eso si, por otro lado, el desencantamiento del mundo no ha llegado a ser todo lo eficaz que se pretendía. (Me pregunto, ¿será una cuestión de tiempo?). Comprobar, durante el siglo que terminó, que hemos dejado de luchar contra la naturaleza gracias a la técnica, para pasar a luchar contra nosotros mismos gracias a la voluntad, no ha hecho sino engrosar las filas de creyentes, hacer pulular estos brotes de legiones afectas a la nueva era y cosas semejantes y, particularmente, exacerbar el sentimiento de desencanto propio de la postmodernidad (cualquier aberración, cualquier tara del ser, cuando nos atrevamos a explicarla menos como un efecto que como una causa, podría llevarnos a suscribir la tesis de los estoicos según la cual el dolor es necesario. Entonces, apostarnos en el cómodo diván del ataraxia griego y vivir más indiferentes al devenir. ¿Y por qué no?). Por supuesto, el problema es que la exaltación de la voluntad de la llamada postmodernidad, es todo, menos, un despliegue de sabiduría. Por ejemplo, mucha gente confunde y piensa sus miedos superados, proclamando y haciendo efectivo que a ella nunca nadie le habrá de imponer nada que no quiera su voluntad, que su voluntad se niega a ello, que su voluntad es quien escoge y, no conformes con esto que parecería de entrada muy razonable, que ellos deciden cuándo, cómo y qué, a expensas de lo que sea y sobre quién sea (aquéllo que al mexicano promedio le lleva a sentirse un chingón, por ejemplo). Es el típico proceder basado en la opresión de la voluntad del otro, generador de desequilibrios tan monstruosos como el del capitalismo y no privativo de este período.

En su precioso ensayo Heterodoxia Ernesto Sabato afirma: “El Hombre sólo tiene fe en lo racional y abstracto, y por eso se refugia en los grandes sistemas científicos o filosóficos; de manera que cuando ese Sistema se viene abajo —como tarde o temprano sucede— se siente perdido, escéptico y suicida. La mujer confía en lo irracional, en lo mágico, y por eso difícilmente pierde la fe, porque nunca el mundo puede revelársele más absurdo de lo que a primera vista intuye. El credo quia absurdum es femenino, como toda filosofía existencialista (aunque sea hecha por hombres; por hombres, claro está, fuertemente propensos a la feminidad). Racionalizar al Universo y a Dios es empresa, en cambio, típicamente masculina, locura propia de hombres.” A estas palabras, yo me atrevo añadir que esta locura o absurdidad de empresa masculina —según Sabato— se hace valedera cuando comprobamos que es también con sobrecargo en este impulso racionalizador que el hombre asesina sistemáticamente, planea guerras para la proclamación de sus dominios, depreda la tierra como si lo ignorase, etcétera.

Qué ironía, pareciera que el origen detrás de este impulso racionalizador es el mismo que yace detrás de la creencia en dioses. Solamente que, en el segundo, el desencantamiento del mundo se logra mitificando sus encantamientos, sus misterios o, más tardíamente, por deducciones lógicas. Mientras que, en el primero, se hace a través de la precisión matemática, de la comprobación experimental y también por deducciones lógicas. O, dicho de forma equivalente, el hombre postmoderno proclama con locura el triunfo de las emociones sobre la razón aunque, para lograrlo, precise como nunca de la autoconsciencia.

Si no les molesta que recomiende una lectura, entonces quiero decirles que hay un texto esclarecedor sobre el tema religioso cuya lectura emprendí hace unos meses en consonancia a una relectura al Origen de la Tragedia de Nietzsche; ambos textos me ayudaron mucho para ordenar mejor y comprender el origen de la religión como fenómeno antropológico; el libro se llama “El crisol del cristianismo” y es un conjunto de ensayos dirigidos por el historiador Arnold Toynbee —con también ensayo de él—, en donde cada ensayo es una pequeña lección de aspectos diversos en torno al origen de la religión cristiana. Quizá a alguien le resulte útil el dato.

* Dios y la música no son el tema de este escrito; las ideas de Dios y la música son quienes lo originaron.

** Aguardar ver otras conversiones es nada más congruencia con la época.

NOTA: Yo creo que con este escrito termino una serie de escritos sobre este tema que he estado colocando en el blog de un tiempo para acá (aquí, el penúltimo).

Las noches estrelladas (fragmentos de una conmoción)



Soy la imagen de tu voluntad inaccesible.

Soy tu deseo indomesticado.

Soy tu falena sin luz y soy tu sombra.

En esta irrealidad, antes y después de ella.

La imposibilidad y negación de una estúpida voluntad aterida por el maltrato; condicionada por el miedo, soliviantada por el odio.

¡Ay de quienes ven en ese diálogo infinito la curación a sus males, su panacea!

Salir de ustedes, mirar a la naturaleza.

¡He allí la curación!

En el estremecimiento cósmico.

En la sensibilidad de los mares, los rayos, las tormentas, las piedras, las noches estrelladas.

El arte


Las siguientes ideas las fui redactando mientras leía Contra la Interpretación. Más que ser objeciones a los puntos de vista de su autora, creo que intentan complementar, para mí, lo que ella misma escribió; aunque no dudo que esto ocurra desde un tono bastante más desapasionado. En parte, porque creo comprender que este ensayo constituye la respuesta muy virulenta por parte de Sontag a este afán de sus contemporáneos de querer aplicar el método psicoanalítico también a la obra de arte y extraer interpretaciones —o significados— que no necesariamente están allí, en la invención del artista (o que si lo están, lo están con bastante frivolidad). También hay un ataque de su autora a la interpretación marxista de la historia tan en boga en su época, etcétera.

Lo diré una vez más. Esto no es una reseña ni una crítica al texto de Sontag, éstas son solamente las ideas que me fueron disparadas durante su lectura. En cierta medida, también esbozo aquí mi propia y muy breve idea de lo que es el arte.

EL ARTE COMO EXPRESIÓN FIGURATIVA, SUSCEPTIBLE DE INTERPRETACIÓN

El arte como expresión sensitiva es una mímesis pero no por eso pierde su valor. Quizá pierda su valor —y en esto coincido con Sontag— frente al abigarramiento excesivo de ciertas producciones culturales en las eras industrial y postindustrial con una consecuente atrofia de nuestras experiencias sensoriales. No es en la obra de arte como figuración de la realidad en donde debe buscarse el delirio por la interpretación, esa manía es solamente una expresión de una cierta atmósfera de vaciedad propia del sujeto postmoderno.  

El arte es otra expresión del problema de conocer.

Nuestras representaciones (en tanto síntesis) son comunicables. Es decir, existe el sujeto que se representa la realidad —y a su representación se le llama arte (por satisfacer los cánones que sean) — y existen quienes se representan, a su vez, dicha representación. Toda representación de la realidad es, en cierto modo, una interpretación. Y Sontag, desde luego, no niega este tipo de interpretación. Ella interpela a quienes quieren encontrar en la obra de arte un significado más allá de su propio y verdadero significado. Ella consigna así, un valor objetivo a la obra de arte (objetivo solamente para quienes no la produjeron). En este sentido, debo admitirse que la obra de arte es susceptible de interpretación.

Toda teoría del arte es una teoría del conocimiento.

LA CONCEPCIÓN DUALISTA FORMA Y CONTENIDO

La forma de la representación de la realidad es otra manifestación de su contenido. La forma de los objetos del arte —es decir, la forma del arte—, no está disociada de su contenido. No existe ese divorcio. Es una expresión subjetiva de una realidad exterior (el arte). No hay dualidad; no existe la antinomia forma y contenido más que como ilusión. Es otra forma de conocer; otra posibilidad (el arte).

EL ACTO DE INTERPRETAR A LA OBRA DE ARTE

El acto de interpretar a la obra de arte es también un acto de representación y, por su método, probablemente produzca más arte o, al menos, experiencias sensoriales susceptibles, en potencia, de dicha categoría.

Aunque el objeto del arte no consista en ser sujeto de interpretación; el arte es sujeto de interpretación.

Aunque el objeto del arte no consista en ser objeto de interpretación; el arte es objeto de interpretación.

Dejemos que los críticos de arte, especializados y aficionados de la interpretación, quieran hacer del arte un acto intelectivo. Y aceptemos, por otro lado, la propuesta de Sontag de tender hacia una erótica del arte, más que hacia su teorización. Pero no neguemos nunca que, si el arte nos despierta y concita emociones, no es menos cierto que queramos hablar de ellas o, después, pensarlas. La misma autora lo aclara en el prólogo redactado para su propia obra treinta años después: “Apelar a una «erótica del arte» no significa menospreciar el papel del intelecto crítico.”

LA OBRA DE ARTE COMO UNA METAFÍSICA

Pero si se pretende un valor per se del arte —y en esto no coincido con Sontag—, entonces se conjura una metafísica del arte.

El arte no es una forma sublime de representación de la realidad. Es una forma de su representación sublimada. Por lo tanto, el arte no debiera ocupar un lugar privilegiado entre las formas de producción del conocimiento. Es sólo conocimiento que se quiere concebir a sí mismo sublimado. Es mímesis, arquetipo, mito y elusión.

¡Despojemos al arte de su carácter sagrado y, con ello, dejemos de banalizarle!







Por si a alguien le interesa esta lectura, paso la ficha.


Sontag, Susan; Contra la interpretación; Ed. Alfaguara, Argentina, 2005.


No. Los rastros de la imposición no han aparecido visibles ni en el PREP ni en los cómputos distritales (esto era obvio). Es decir, sí que hay algunos rastros como se ha estado documentando en redes sociales o como el equipo de la coalición de izquierdas lo ha hecho, pero éstos apenas si contribuirán en la tarea de reducir la distancia de los tres millones (el triunfo de Peña); por eso, apenas si cabe hablar de un fraude electoral. Se trata propiamente de una imposición de Estado*. Y parte de los rastros de esta imposición yacen en los delitos electorales cometidos durante la jornada. Así que, más que ser impugnado el Conteo Distrital o buscar anomalías en el PREP (dudo que allí se encuentren como, de hecho, ya pasó), debe impugnarse la elección completa y buscar su anulación (como de hecho también ya se está buscando). Creo que actuar así sería propiamente actuar en favor de la democracia y no nada más en favor de su simulación. Y otra cosa es —y no soy ilusa— que se lograra tal anulación. Por fortuna, el actor político que con más ahínco ha estado actuando en esa dirección (y no es gratuito, pues es el más directamente afectado de facto) parece tener claridad sobre este hecho. Quienes no parecen tenerlo tan claro —y morder el anzuelo— es la gente de izquierdas que está apelando nuevamente al recurso de las protestas. Me encantaría pensar que la gente de izquierdas tiene muy presente que nuestros déspotas son, en la tipología de Kapuściński, unos déspotas cínicos, es decir, unos déspotas que no tendrán ningún inconveniente en dejar que estas protestas se sucedan con tal que deriven al final en desgaste y desencanto. Por otra parte —eterna diletante de marchas y protestas—, no puedo más que sentir solidaridad con las movilizaciones de los recientes días, pero teniendo muy en claro que, frente al proceso actual, en muy poco favorecerán a su buen desenlace (o, al menos, en aquel contemplado como deseable).

Pienso que una de las mejores cosas que puede hacerse en este momento es, por ejemplo, seguir la discusión que se ha iniciado frente a la FEPADE, cuya resolución está prevista para dentro de tres meses (¡uff! cuánta incertidumbre), o contribuir de alguna manera a esa causa.

Y no puedo, por cierto, evitar preguntarme, ¿los panistas, como Josefina Vázquez Mota, que sin empachos hablan de inequidad en el proceso, llevarán esta discusión hasta sus últimas consecuencias, esto es, hasta la anulación del proceso completo? Si no, es un contrasentido, en verdad, que pretendan dar lecciones de democracia. Me parece que el proceder más genuinamente preocupado por la limpieza de las elecciones y, sobre todo, por la proclamación de un triunfador sin lugar a dudas, pasa necesariamente por la presentación de los delitos electorales cometidos durante la jornada electoral (lo cual, idealmente, tendría que llevar a la anulación de la elección completa). Me refiero, claro, al SorianaGate, la compra, coacción e inducción del voto y todo el asunto que, dicho sea de paso, quién sabe en qué medida sea documentable y aceptado como prueba por nuestra anquilosada ley, cuyos fallos parecen depender funcionalmente de la interpretación (horror). Más machaconamente, si van a aceptar la imposición arguyendo no lastimar a la democracia o no sumir al país en un clima de incertidumbre postelectoral, ¿qué sentido tiene presentar las pruebas de la inequidad o protestar por el mal uso de las encuestas si, al final, lo importante es que nuestra democracia —su ficción— no deje de funcionar? ¿Sentar derecho?

Otra vez, cortoplacismo y dogma entre la militancia panista cupular, sirvientes siempre eficaces —el cortoplacismo y dogma— en la tarea de legitimar lo ilegítimo. Y creo que haya panistas —sí lo creo— que estén realmente interesados en limpiar el proceso, pero me temo que esos no son los panistas que, al final, terminarán por aceptar que EPN triunfó (espero equivocarme).

Termino con esta reflexión.

Decidimos ir a elecciones porque: 1) Pretendíamos —como ensayo— hacer imponer la organización social y la unidad sobre el poder oligárquico.

2) Por negarnos a imponer la opción de la violencia como vía y usar —a contramarea— el mentado canal institucional.

Pero se ha visto que esto no fue suficiente y que la imposición de EPN parece correr imparable.

Yo creo que cuando decidimos aceptar la vía liberal demócrata, aceptábamos también sus reglas tácitamente y ahora creo que se debe continuar con el juego hasta sus últimas consecuencias (hablo del tocante a este proceso electoral). Pero también creo que aceptar las reglas de la liberal democracia no tiene por qué implicar aceptar sus porquerías.

Finalizo.

La vía liberal demócrata es ahora y casi siempre un bodrio pero no es lo mejor que se pueda esgrimir o hacer o decir en estos momentos. Lo mejor es utilizar sus propias reglas y usarlas con estrategia (además, no todo el panorama es negro; hay claros avances de esta ciudadanía frente a la que votó en 2006).

¡Y sí me pregunto sobre las posibilidades de este juego con estrategia! 

Estaré expectante.

Dejo unos vídeos.

1. Análisis preliminar sobre el comportamiento del PREP durante estas elecciones, preparado por Víctor Romero Rochín.


En particular, me ha parecido importante lo que pudiera verse desde el PREP, sobre todo porque he escuchado a personas de izquierda desestimar al PREP o decir cosas como que el PREP no sirve para nada o sólo sirve en la tarea de legitimar. Error. Aun cuando sirva para dicha tarea, lo cierto es que, ya inmersos en la vía legal es importante: 1) No invertir tiempo útil en una labor que no lo es o ver cosas en donde no las hay. Por ejemplo, por la experiencia de 2006 suponer que ahora el PREP también exhibirá una ordenación artificial en los datos, etc., pero que resultara que no es así. Es importante asegurarse que no se impugnarán cosas no impugnables o que, en todo caso, sólo desacreditarían a la impugnación misma. 2) Presentar por la vía legal evidencias comprobables.


Por cierto, se está convocando a ciudadanía a exigir una auditoría al sistema de cómputo del IFE --al PREP desde luego--, debido a especialistas haber encontrado "datos estadísticamente imposibles" (como si el video de Romero Rochín no nos introdujera ya algunas suspicacias). AQUÍ la nota.

2. No sé quién haya elaborado este vídeo; pero me gusta cómo van contrastando las declaraciones en defensa de la institucionalidad contra los hechos acaecidos –en contra de ella– antes y durante la elección.


Un conjunto de cosas útiles en ayudar a la tarea, AQUÍ.

*De un Estado neoliberal, no se pierda de vista.

Representante de casilla


Vengo llegando a casa.

Acabo de recibir mi acreditación como representante de casilla y alguna papelería importante y necesaria para este domingo. 

Estoy muy emocionada y con una suerte de sentimientos diversos entremezclados. En primer lugar, nerviosa porque será mi primera vez como cuidadora de casilla (una decisión que tomé en forma libre y voluntaria, cabe aclararlo). En segundo lugar, contenta porque se trata de una elección pletórica en representantes de casilla por parte de los partidos, 2 millones de representantes aproximadamente (no me parece una exageración afirmar que gente de la izquierda tenga algo de responsabilidad en el número de esta cifra). Por el otro lado, tengo el temor de que ese día se vayan a suscitar actos de violencia contra los representantes ciudadanos de casilla. Aunque mi temor es más bien por la gente de los estados, pues por la estructura geopolítica de la capital, más o menos confío en que aquí las cosas transcurrirán en forma apacible. Lo que en cambio no podría afirmar –aunque lo deseo– es que este mismo escenario se reproduzca en las otras entidades electorales. Todo mi reconocimiento a quienes saldrán a votar, allí, donde está metido el ejército y el narco (esta eclosión desmesurada de cárteles, delincuencia organizada y ejército en las calles propia del sexenio de Calderón). De hecho, en el curso se nos dijo que en algunas zonas de Naucalpan en el Estado de México, en donde hay narcomenudeo, no se meterá a representantes pues es más importante la seguridad de la persona que otra cosa.

Bien. Nos reunió la representante suplente de nuestra sección electoral --a mí y vecinos-- y, antes de entregar papelería se hizo una pequeña charla (ya saben, la gente de izquierda que no es fan de las discusiones).

Entre otras cosas se indagó sobre esta gran pregunta que sigue atosigando a buena parte de la ciudadanía. Es decir, de acuerdo a la ley electoral, ¿cómo debe votarse? y luego, ¿qué es lo mejor para la coalición?

Aunque, por supuesto, hay muchas personas que ya saben esto, yo quiero dar no solamente mi propia explicación, sino mi opinión al respecto.

1) Viabilidad jurídica

La ley electoral* establece que si una coalición está compuesta por n partidos (digamos, los partidos P1,P2,…,Pn), entonces éstos tendrán que aparecer en la boleta postulando al candidato de la coalición y que, ergo, el ciudadano podrá cruzar alguna de todas las combinaciones posibles en que pueda votarse por la coalición. Llamemos --como ya se ha hecho-- n al número de partidos en la coalición y k al número particular de partidos de dicha coalición por los que yo soy simpatizante. Entonces, puede ocurrir que yo simpatice únicamente con k=1 partidos de la coalición, o con k=2 partidos de la coalición o con k=3 partidos de la coalición o, en fin, con todos los partidos de la coalición, es decir, con k=n partidos de la coalición. Por otra parte, el número k de partidos por los que soy simpatizante, determina una o más posibilidades (las llamaremos combinaciones) de tipos de cruce en la boleta. A cada una de estas posibilidades –que se traducen en una combinación posible para emisión del voto– la representaré con el símbolo C(n,k), en donde n me dice cuántos partidos en total tiene mi coalición y k, con cuántos de dichos partidos de la coalición simpatizo yo (la premisa lógica es que simpatizo con al menos uno de ellos). Entonces, existen C(n,k=1) cantidad de formas distintas de escoger combinaciones de un solo partido tomadas de nuestra coalición de n partidos, C(n,k=2) cantidad de formas distintas de escoger combinaciones de dos partidos tomadas de nuestra coalición de n partidos, C(n,k=3) cantidad de formas distintas de escoger combinaciones de tres partidos tomadas de nuestra coalición de n partidos, y así, hasta llegar a C(n,k=n) formas distintas de escoger combinaciones de n partidos tomadas de nuestra coalición de n partidos (el caso de simpatizar con todos los partidos de la coalición). En donde, la suma de todas estas combinaciones, constituye el número total de las combinaciones posibles.

Esto es muy sencillo de comprender. Veámoslo con un ejemplo.

Hagamos n=3 (el número en nuestra coalición).

Combinaciones de 1 partido tomadas de 3, C(3,1): Votar uno solo de los partidos de la coalición (existen 3 combinaciones distintas de hacer esto).
Combinaciones de 2 partidos tomadas de 3, C(3,2): Votar dos de los tres partidos de la coalición (existen 3 combinaciones distintas de hacer esto, ver FIGURA 1).
Combinaciones de 3 partidos tomadas de 3, C(3,3): O sea, votar los tres partidos de la coalición correspondiente (existe una única combinación de hacer esto).


FIGURA 1. Existen 3 formas o combinaciones posibles de votar por 2 partidos de una coalición compuesta por 3.

Entonces, el número total de combinaciones en que puede votarse, suponiendo n=3 partidos en la coalición son: 3+3+1=7; es decir, el votante puede elegir alguna de estas siete formas.

Compliquemos un poco el número; si n=5, tendríamos lo siguiente:

Combinaciones de 1 partido tomadas de 5, o sea C(5,1): Votar uno solo de los partidos de la coalición (existen 5 combinaciones distintas de hacer esto).
Combinaciones de 2 partidos tomadas de 5, o sea C(5,2): Votar dos de los cinco partidos de la coalición (existen 10 combinaciones distintas de hacer esto).
Combinaciones de 3 partidos tomadas de 5, o sea C(5,3): Votar tres de los cinco partidos de la coalición (existen 10 combinaciones distintas para hacer esto).
Combinaciones de 4 partidos tomadas de 5, o sea C(5,4): Votar cuatro de los cinco partidos de la coalición (existen 5 combinaciones o formas distintas de hacer esto).
Combinaciones de 5 partidos tomadas de 5, o sea C(5,5): O votar los cinco partidos de la coalición correspondiente (existe una única combinación de hacer esto).

Entonces, el número total de combinaciones en que puede votarse, suponiendo n=5 partidos en la coalición son: 5+10+10+5+1=31; es decir, el votante puede elegir alguna de estas treinta y un formas.

Existe de hecho, una expresión algebraica muy sencilla de implementar --el coeficiente binomial de k números tomados de un conjunto de n-- por medio de la cual el cálculo de estos números se hace muy sencillo. Basta conocer el número n (número de partidos por coalición) y, después, ir variando k desde 1 hasta n para el cálculo del coeficiente binomial y, al final, hacer la sumatoria de estas cantidades para obtener el total.

FIGURA 2. Cálculo del coeficiente binomial.

Como no es ésta una clase de matemática y como cualquiera puede comprender esto ingresando a Wikipedia –o con el ejemplo–, nos saltamos la notación y nos quedamos con el hecho práctico de entender estas combinaciones. Lo medular del asunto es saber que en términos de ley electoral se puede elegir la combinación que nos plazca (ojo, sea cual sea la combinación de partidos elegida de la coalición, se suma un voto para cada partido constitutivo de la coalición elegida y uno y solamente un voto para el candidato de la coalición). Sin embargo, soy partidaria de que se oponga cierta estrategia en esto o, si se prefiere, metis política a fin de buscar, sobre todo, beneficio para los ciudadanos sin, empero, obstar a los partidos en la mentada tarea de llegar a acuerdos en el Congreso (sus famosos acuerdos que se han vuelto excusa para la postergación de la cantidad del número de necesidades políticas que se nos antoje: recuérdese que mucha de esta gente tiene por quintaesencia de la vida, la emisión de más y más y engorrosas, ilegibles, mamotréticas y abstrusas leyes como paso previo ineludible para gobernar [sé que esto es discutible]).

2) El óptimo

En los círculos de izquierda, hay un pequeño debate sobre la forma de hacerlo. Por ejemplo, en el curso se nos dijo que salvo sí tener el elector inclinación por alguno de los tres partidos, entonces se vote por los tres (teniéndose en cuenta, según se nos dijo en el curos si bien no lo he corroborado, que el primer 6% de los votos se computa al partido de más antigüedad, el segundo 6% al de segunda mayor antigüedad y, así, hasta acabarnos el total de los votos) y que, por supuesto, si se tiene una decisión distinta, se efectúe. 

Una gente dice que a fin de que la cosa del conteo se haga la cosa más simple del mundo –y contrarrestar la posibilidad de que en las cuentas se nos haga el fraude o, más bien, que por la complicación de éstas el fraude se hiciera más facilón– pues, entonces, elijamos uno solo (he visto a Navegaciones recomendar esto en su Twitter, por ejemplo).

De esto no sé mucho qué decir, creo que hay tal vez una componente de subjetividad en la opinión. Finalmente, en el acta de cómputo existe un renglón para contabilizar los votos de todas y cada una de las formas o combinaciones posibles de votar por la coalición de nuestra preferencia y ya allí, con los palitos anotados en cada renglón (al estilo de junta 4 y haz 5 con la diagonal), pues la complicación de las cuentas disminuye. Sin embargo –un sin embargo importante– sí he notado algo en los cursos a los que he estado yendo, de veras a una cantidad no despreciable de gente se le complica esto de hacer las combinaciones. Se atoran, yo pienso, por una cuestión psicológica; lo he visto con mis propios ojos (aprovecho para decirlo muy explícitamente –un poco por si algún despistado ectevista visita mi blog–, la gente que está en esto es gente apartidista, gente muy porfiada en algunos casos, pero muy digna, muy honesta y dispuesta a dar la batalla el 1 y demostrar que se ha entendido que esto de la política se pudre si no hay participación activa ciudadana, o en otras palabras, participación política).

Paso al meollo.

Hemos visto que hay un empoderamiento de los partidos; particularmente de los llamados partidos grandes: PAN, PRI y PRD, en ese orden. Y yo no quisiera, porque además soy una persona no militante, que este empoderamiento continuara. De modo que urge no solamente dar una lección histórica de nuestros progresos en tanto ciudadanos conscientes de su propia ciudadanía –como la gente de Regeneración Nacional lo ha estado haciendo– sino además, como ciudadanos que saben meter en aprietos a los partidos y deciden no obsequiar demasiadas concesiones.

Allá en el curso, cuando intentaba dar mis razones sobre esto, varios de los compañeros mencionaran que no era importante y que estaba bien votar por los tres, que lo importante es que le llegue el voto a AMLO. Por supuesto, yo les dije que no pensaba como ellos y que esto sí era importante. Mi razonamiento es que no puede ser que, dado el sistema actual partidocrático, persista tal sistema. No sé si sea conveniente mudar a una cosa bipartidista; la verdad no lo sé. Lo que sí creo saber es que, dadas las cosas como están, hay que desconcentrar en general el poder de los partidos y, simultáneamente, abrazar la idea de algún día ver desaparecer esperpentos como el verde y, en general, buscar otras formas de acotarle el poder a éstos; (y creo que lo que me insta a este tipo de razonamientos no es que sea yo una apartidista beligerante –que lo soy un poco–, sino la idea de poderes concentrados y pervertidos, avalando, promoviendo y financiando la barbarie humana).

O sea, mi propuesta es votar por uno solo de los partidos de la coalición. Luego, aunque esto ya es enteramente subjetivo y quizá ligado a un breve pero intenso antiperredismo que a veces me posee, votar por uno de los partidos de la coalición a modo de no empoderarlo inexorablemente. La verdad, para mí los mejores legisladores y políticos de la coalición los aglutina el PT (esto también es gusto personal) y así será mi emisión.

Cierro.

Convoco a que ese día hagamos de lado todas nuestras diferencias. Ese día, bien unidos todos. No tiene ningún sentido enarbolar ideal comunitario alguno –aun si fuera por fines egoístas–, si el hacerlo nos impele a ofender a los demás, llamarnos pejezombies (como estoy condenada a ser llamada desde hace aproximadamente un sexenio por el llano hecho de pronunciarme simpatizante de AMLO, por ejemplo) u otras ofensas a causa de la confesión de nuestras ideologías o prácticas políticas (insistiré, los excesos con el lenguaje suelen ser sintomáticos de alguna imposibilidad). Se cae nuestro ideal de progreso cuando nuestros medios para alcanzarlo se fincan en acciones de criatura retrógrada. Se pasa del ideal al fanatismo vacuo y huérfano de autocrítica.

*Artículos 93, 95, 96, 97, 98, 277 y 295 del COFIPE.

Exabrupto

No sé si haya quien piense que ante un potencial arribo de AMLO al poder, entonces todas nuestras calamidades cesarían –yo no lo creo–. Pero conjurar a un alguien que así pensara se llama (otra vez) subestimar la inteligencia de los demás o desconocer fundamentalmente los procesos sociopolítico-históricos detrás de todo cambio social –por la vía revolucionaria, reformista, electoral, u otra– y, luego, proyectar dicha inoperancia sobre los otros.

En un texto...


“Como las grandes obras, los sentimientos profundos declaran siempre más de lo que dicen conscientemente. La constancia de un movimiento o de una repulsión en un alma se vuelve a encontrar en los hábitos de hacer o de pensar y tiene consecuencias que el alma misma ignora. Los grandes sentimientos pasean consigo su universo, espléndido o miserable. Iluminan con su pasión un mundo exclusivo en el que vuelven a encontrar su clima. Hay un universo de la envidia, de la ambición, del egoísmo o de la generosidad. Un universo, es decir, una metafísica y una actitud espiritual. Lo que es cierto de los sentimientos ya especializados lo será todavía más de las emociones tan indeterminadas en su base, a la vez tan confusas y tan "ciertas", tan lejanas y tan "presentes" como pueden ser las que nos produce lo bello o suscita lo absurdo.”

ALBERT CAMUS, El Mito de Sísifo.

Desde la fría mesura


Comienzo este escrito endilgándole al mundo un mínimo de racionalidad –o de insumisión–; de modo que proclamo hartísimo evidente el deseo común consistente en hallar el modo de arribar al mejor puerto posible tras seis años de malestar, al margen de confrontaciones superfluas. O sea, ya no se trata de atacarnos entre sí, o de demostrar que tenemos los mejores argumentos; se trata de encontrarlos, de ubicar su fuente en la experiencia. No en dogmas, ni en fantasías, ni en adscripciones ideológicas.

Parto de una suerte de ley de la historia: la unidad de personas es condición sine qua non previa a toda disminución a un poder concentrado. Luego entonces, siempre que se dan estas luchas es porque se cuenta ya con alguna estructura organizacional –de cualquier naturaleza– que aglutina a los grupos y da cauce a los objetivos; y esto tendrá que ser así toda vez que se aspire a un cambio permanente dirigido. Es decir, no únicamente durante el previo a un cambio de gobierno, sino, –también– una vez consumado el objetivo. Ni siquiera los anarquistas proponían el derrocamiento de esta entidad detentora del poder; proponían su disminución, a través de la desconcentración del poder del Estado, diseminándolo entre el grupo.  

Claramente, en nuestro país se vive hoy una hiperconcentración del poder público en las manos de unos cuantos hombres tecnócratas –empresarios la mitad del día; legisladores, la otra– que lejos de gobernar a favor de los intereses del colectivo, viven ideando cómo engrosar sus cuentas bancarias. Pero lograr esto no ha sido una sinecura para estas gentes. La verdad es que se trata de personas muy esforzadas que han sabido servirse de la estructura estatal y de gobierno para el logro de sus conquistas. Y lo mismo, se han servido de los medios electrónicos, de los partidos políticos, de las leyes y sus reformas, etcétera, que de la buena voluntad del ciudadano, en el propósito de estar siempre alcanzando sus metas.

Hay algo de candidez en todo esto. Los medios electrónicos, los partidos políticos, incluso las leyes han visto nacer su institución al amparo o a la necesidad del sistema económico. Por supuesto, en este último enunciado no tendría por qué haber juicio adicional alguno (negativo) a no ser porque, en los hechos, el sistema económico ha degenerado en esto que se describe al inicio del párrafo anterior. En México, estos empresarios se han enquistado en las distintas instituciones de gobierno por la vía liberal-demócrata y, más específicamente, adhiriéndose a algún partido político a fin ser elegidos por la ciudadanía a través de una boleta electoral que va luego a una urna.

Pero no todos nuestros empresarios son políticos, y tampoco ha sido necesario que lo sean. Muchas veces quienes gobiernan lo hacen a capricho de los empresarios con tal de ser depositarios de sus dádivas. Afortunadamente, poniéndose a leer uno el periódico y cotejando las mentiras distribuidas por la TV contra la realidad diaria, uno puede más o menos reconocer a estos rufianes y decidir si otorgarles o no su simpatía el día del voto electoral (otra cosa es que los votos se cuenten mal).

Ahorita que estamos previos a elecciones, hay la gran disyuntiva entre no votar por los de siempre o anular-abstenerse.

En lo que a mí respecta, quiero exponer una vez más mis razones por las que, a un mes de la elección, estar ya lista para emitir mi voto.

Enuncio un hecho al que no deseo obviar: el voto corporativista es una práctica común en México; este tipo de práctica opera al amparo de causales sociopolíticas más o menos ubicables –y comprensibles–, pero de cuya discusión conviene zafarse en este momento, por no ser ésta una disertación sobre moral. En términos de praxis política, interesa más pensar los medios para disminuir su impacto en los resultados sobre la elección en curso que hacer el recuento histórico de cómo se ha llegado a esto.

Ahora diré por qué creo que, de las dos opciones enunciadas líneas arriba, anular-abstenerse no es la mejor opción para nuestra circunstancia histórica.

A. Abstencionismo

A.1 Por mucho que personas sean altermundistas confesos, antisistema o, en fin, simples eremitas viviendo al margen de los dictados del sistema global-neoliberal, lo cierto es que tales personas son también blanco de todos los yerros, injusticias y equívocos de este sistema. Y la verdad es que, ni siquiera estableciendo un perímetro de neutralidad –como lo hacen las comunidades autónomas– o contándose la historia de ser uno el más libertario de los seres o hallarse en el nirvana o culmen de la evolución social, etcétera, ni siquiera así uno queda exime. Lo cierto es que incluso perteneciendo a esta clase de grupos, el sistema también te pega. Y, el problema nodal de concebirse o hallarse en esta circunstancia, radica en que no hay un canal efectivo de facto, diferente al de la evasión, a través del cual este tipo de sujetos puedan defenderse de los embates del neoliberalismo. Uno puede vivir en la evasión eternamente o eternamente en rebeldía contra el sistema; pero al momento de pasar el sistema factura, la evasión no se vuelve un campo magnético impenetrable.

En lo que sigue de la lectura, téngase bien presente que la lógica del capital, consistente en acumular los centavos producto del trabajo de todos en unas cuantas manos –haciéndonos creer, por cierto, que el trabajo ladrón que ellos generalmente brindan es una bendición, etcétera– cuenta, además, con instrumentos de dominación para la perpetuación de este estado de cosas. Así, los medios electrónicos de difusión de mensajes, el Estado, la existencia de un sistema de elecciones, la democracia, las instituciones de gobierno, etc., al ser constitutivos de dicho sistema –o feedback el uno del otro (como estrellas binarias)– resultan ser las harramientas reales de acción de que provee el sistema.  Y, por supuesto, en este juego, como en muchos otros, quien fija las reglas es el más poderoso de los jugadores; de modo que, entiéndase: los capitalistas harán todo lo posible a su alcance para no sentarse a dialogar, para no sujetarse a los pliegos petitorios de grupos o comunidades marginales. Podremos con acciones marginales restituir a nuestra conciencia de dignidad, pero esto apenas si nos protegerá contra las iniquidades del sistema. Debe buscarse minimizar el impacto de dichas iniquidades.

Ante este panorama, hay dos vías, la que se juega reconociendo las reglas impuestas por el gran capital buscando maximizar el beneficio de todos, o bien –y como ya lo he sugerido en otras entradas– socavando a la gran institución sobre que se finca esta gran dictadura económica en que se vive: la banca. Esto último, por supuesto, implicaría una revolución.

A.2  Hay otro bando de abstencionistas, pero estos me parecen un campo más fértil, pues ellos optan por esta vía no por convicción, sino por mero desconocimiento de la situación. A este grupo, más bien la necesidad les imposibilita a tomar una posición política definida. Soy de la idea de que es una cosa positiva el animarse a dialogar con estos grupos en el propósito de socializar la información de que se disponga.

B. Anulacionismo

Es irrelevante determinar si esta postura es irreflexiva o no lo es. Es claro que favorece al voto corporativista. Si una práctica común de la partidocracia en este país no fuera el corporativismo –este acarreo multitudinario a las urnas con pago en despensas y favores–, habría poco sustento a esta aseveración, pero sabemos que no es así: va a haber gente votando ese día. Por otro lado, ni siquiera en aquellas sociedades que se presumen de democracias consolidadas, el voto nulo pasa de ser una expresión de inconformidad. 

Uno puede oponer respeto ante las ene pretensiones del anulacionista y sus razones; pero creo que aquí el asunto no es de respeto, sino de necesidad histórica. De modo que, mi objetivo no es principalmente impugnar el móvil anulacionista, como hacer ver sus inconveniencias.

Mi planteamiento nuclear es: en una sociedad de partidocracias corporativistas, votar nulo es contribuir –se quiera o no–, a la perpetuación de tales partidocracias. O sea, verlas perpetuarse en el poder, con baja posibilidad de darles una tunda real. ¿Y por qué –se preguntarán de inmediato– votar por algún partido en particular no es también favorecer al sistema de partidos o, particularmente, empoderar a alguno de ellos? Porque si ya se tiene claro que se busca la disminución de su poder, entonces, hacer un voto razonado eligiendo al mejor de ellos, es –ya– un despliegue de poder ciudadano. Por otra parte, no comparto esa visión según la cual todo en los partidos es la podredumbre, todo en la clase política está perdido, todo en todo es malo, etcétera (por sistema, me es imposible suscribir tal tipo de generalizaciones).

La idea es dejar claro a los partidos que su triunfo precisa del voto libre del ciudadano. Que no será ni con la coacción, ni con el soborno, ni con la desinformación con lo que habrán de conquistar nuestros corazones, ni sobre lo que habrán de edificar su permanencia. Esto es tan razonable que también es compartido por los anulacionistas y, de algún modo, es el acicate para su posición, de modo que su argumento más frecuente es argüir que si todos votásemos nulo, entonces, dejaríamos a los partidos a nuestra merced, neutralizados, inoperantes. Correcto –yo les diría–, e inmediatamente me estaría preguntando sobre la acción inmediata a seguir.

Depuesto el sistema de partidos, ¿qué vendría? Respondo. Yo creo que tendría que venir, como mínimo, convocar a un nuevo constituyente a fin de fijar las nuevas reglas de elección y representación popular, de forma de gobierno, etcétera. Ante este panorama yo, sin duda, estaría encantada. Pero, soy realista, no es ésta nuestra coyuntura; no estamos en ese proceso aún. Todo proceso hacia un cambio sociopolítico es paulatino y requiere de etapas. Si en este momento, el mayor grupo opositor al statu quo de nuestra repugnancia estuviera constituido de anulacionistas, yo estaría allí porque 1) Creo en la unidad y 2) En la organización como condiciones necesarias previas a todo cambio social. Pero como ése no es nuestro caso y es claro que el mayor proyecto político articulado opositor al de la oligarquía es el de Regeneración Nacional, entonces, me decanto por ese proyecto. Es una cuestión de estrategia. Ya no de fe, ni de esperanza. La renovación de la vida pública en este país pasa necesariamente por echar de los cargos públicos a quienes los detentas con satrapía o, por lo menos, minimizar el número de este tipo de individuos.

Pero hay más todavía. No por tratarse del mayor movimiento opositor, se trata del mejor movimiento opositor. El criterio del quórum no es necesariamente El Criterio. Sucede que, además, es importante analizar consideraciones empíricas útiles en la tarea de determinar si la opción por la que uno se sesga es, en efecto, la mejor de las opciones.

Yo puedo –pero no quiero– exponer las razones de por qué votaré por AMLO. Y no quiero hacerlo porque sí creo que se trata de una decisión individual a la que cada quien debe llegar desde su propio proceso –supuesto que se llegara–. A cambio de ello, puedo aconsejar que sea a través del contraste de ciertos hechos por lo que nos determinemos por alguna de las opciones (y aquí inevitablemente entrará la ideología de uno); a saber: 1) Contar con evidencias positivas de ausencia de deshonestidades públicas en la persona de quien votaremos. 2) Estudiar la viabilidad del proyecto. 3) Determinar su necesidad.

Hasta aquí la entrada.

“El democratismo ha sido, en todo tiempo, la forma de decadencia de la fuerza organizadora... Para que haya instituciones tiene que haber una especie de voluntad de instinto, de imperativo que sea antiliberal hasta la maldad: una voluntad de tradición, de autoridad, de responsabilidad para con siglos futuros, de ‘solidaridad’ entre cadenas generacionales futuras y pasadas hasta el infinito.”

Federico Nietzsche

Bailar


[Ir de la decadencia a la cadencia]

Quien no entienda del baile, creo que se pierde de esa forma tribal del erotismo y ese afluente de vida, ritmo, posesión orgásmica, olvido, des-individuación.

Bailar es hacer el amor prescindiendo del coito o entregándose a él en cada extremidad; como si todo el ser palpitara de deseo y no nada más lo propiamente erógeno.

La charla con Sicilia


Claro que han sido de un gran desatino las últimas declaraciones de Sicilia. Luego, pensar que por esto vaya alguien a invalidar al conjunto de su proceder es, me parece, subestimar –y mucho– el pensamiento de los demás. Yo no creo que haya alguien que vaya a hacer eso –o que lo hiciera– por el llano hecho de ser bien crítico con esta pifia suya. En cualquier caso, la izquierda nunca ha sido tibia en esto. O desde el principio les simpatizó Sicilia o no les simpatizó.

El pensamiento crítico es adlátere del pensar-pensar. Eso es pensar.

Muérame el día que deje de hacer señalamientos por temor a la censura o a ser blanco de ilogicismos, sofismas e imposturas de mi no pertenencia.


Un clip



INTERPRETA: "Dueto azul"

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