Autogobierno: comentarios a ese post


Hace un par de meses publiqué una entrada aquí en el blog a la que intitulé Autogobierno. Es una entrada breve y desde el momento en que la terminé pensé que quizá podría tratarse de un texto no muy claro debido a una cierta dosis de ironía con que estaba escrito (hablo aquí de ironía como figura retórica y no como burla o sarcasmo).

Debido a unos comentarios que me hizo Navegaciones en Twitter sobre dicha entrada, quiero ahora hacer una versión comentada de la misma (yo creo que me va a quedar más larga dicha versión que la entrada en sí).

La entrada puede leerse completa aquí.

Lo que voy hacer a continuación es tomarla en cada uno de sus párrafos, desde el primero al último, e ir comentando lo que pretendo expresar en cada uno de ellos. Usaré el formato Párrafo k, Comentario al párrafo k.

Párrafo 1:

La necesidad de los gobiernos (su existencia) revela que el hombre, incapaz de autogobernarse, cede el control de parte de sí a un órgano coercitivo. Pero aun si el hombre se conquistara a sí mismo, este órgano coercitivo no habría de desaparecer por completo pues existe una región supraindividual (allí donde concurren todas las dinámicas individuales interactuando) en cuyo seno insurge un mecanismo o ente que como suma de partes constituye a uno particular de los diversos sistemas vivientes por largo tiempo caracterizado; hablo del denominado sistema social (recordar que un sistema no existe porque exista su abstracción, su abstracción ha sido necesaria para la descripción de un fenómeno real).

Comentario al Párrafo 1:

Sostengo aquí que es verdad que el hombre, a lo largo de toda su existencia, ha buscado su autogobierno. Con autogobierno quiero decir: moderar sus pasiones, su pathos. Y que como se trata de una empresa en la que, de una u otra forma, se alcanzan solamente logros parciales, entonces el hombre que no cesa en su búsqueda,  desde muy tempranas épocas pudo encontrar una forma de dar salida al asunto instituyendo un catálogo de acciones a que debía someterse el colectivo en aras de, en parte, dar satisfacción a dicha búsqueda. Ese catálogo y sus mutaciones, por la obligatoriedad que prescribe en el grupo, constituye lo que hoy día conocemos como órganos coercitivos (códigos, códices, mandamientos, reglamentaciones, etcétera). Esto me parece que ha ocurrido en la vasta mayoría de las civilizaciones y grupos humanos, desde el neolítico hasta nuestros días.

Justamente hace apenas unos días, publicaba una entrada en donde platicaba cómo me había dado mucha risa leer unos mandamientos taoístas que implícitamente revelan algunas de las tonterías que cometía el hombre de aquellos tiempos (tonterías que en algunos casos se siguen cometiendo). Las religiones y sus estatutos, me parece, surgen también de esa búsqueda humana por la moderación de las pasiones. Cuando el hombre introduce estos códigos por primera vez, el hombre ha introducido también una comprensión ética de la vida y dicha comprensión casi necesariamente implica una asunción dualista sobre la existencia. Incluso en el misticismo monista de ciertas doctrinas de Oriente, al aterrizar los credos al obrar práctico, hay también una conversión hacia algún dualismo.

De la observación anterior, da la impresión de que perviviera en el hombre un interminable jaloneo entre el despliegue de sus pasiones y las consecuencias de dicho despliegue. Es decir, a esa necesidad de ir moderando su pathos, el hombre ha ido oponiendo la comprensión de algún ethos. Por supuesto, hay humanos que han decidido en contrapartida, renunciar a cualquiera de dichas comprensiones éticas (yo digo que eso es sólo parcialmente posible) y, así, deshacerse del agobio que dicha comprensión pudiera producirles, pero ésa es otra historia.

Continúo. Después, comento que aun si el hombre lograra cierta perfección en su autogobierno, tendría necesariamente que existir, por limitado que fuera, un gobierno para todos (común), a instancias de aquella región supraindividual mencionada en el texto en la que confluyen las dinámicas de todos los individuos interactuando, y adonde ya no llega el papel rector del autogobierno. La vida social dicho llanamente.

Bien, antes de ir con el siguiente párrafo, quiero aclarar que lo que he planteado en este primero que acabo de comentar, es una descripción general de la condición del individuo en relación al dominio que tiene de sí y cómo, a razón de un autodominio imperfecto o insatisfactorio (que puede incluir, entre otras cosas, lesiones a terceros), han surgido órganos coercitivos que no han hechos más que normalizar convenciones hechas por el social a fin de introducir (o eso ha creído el hombre) armonía en sus relaciones (el surgimiento de religiones es la primera forma de estos órganos y por eso no es raro que en la antigüedad el gobierno estuviera normalmente amarrado a la religión, los llamados órdenes teocráticos).

Termino con esta puntualización: En este primer párrafo de aquel texto considerado como descripción el párrafo, no hay juicios de valor míos, ni preferencias, ni deseos expresados.

Párrafo 2:

Lo que en cambio sí podría ocurrir es la llamada utopía. Es decir, si nuestra hipótesis se hiciera cierta, entonces contaríamos con todos los elementos para positivamente ver arribar un mundo en donde la capacidad coercitiva de los gobiernos fuese reducida a su máximo posible. El corolario es claro: por utópica que sea dicha posibilidad, es una a la que no deberíamos de renunciar tan fácilmente; simplemente porque, como ya dije, dicha reducción sería un indicador de la buena conducción del individuo, de cierta eficacia en su autogobierno.

Comentario al párrafo 2:

Aquí lo que simplemente estoy diciendo es que pareciera verificarse alguna especie de relación proporcional inversa entre el dominio del individuo o autogobierno y el grado de coerción de los gobiernos: a mayor autodominio en los individuos, menor grado de coerción de los gobiernos y, por ende (pienso) menor riesgo de vivir sojuzgados por tiranías. Desde luego, asumir esto no presupone que las interacciones sociales deban cancelarse; solamente que esta situación idealmente tendría que derivar en mejores relaciones sociales entre las personas. El autogobierno individual (de la parte) vendría a ser una versión a escala del autogobierno social (del todo).

Párrafo 3:

Hay todo un perorar largo que podría derivarse a partir de esta idea. Pero ahora quiero ser sucinta y llegar a la conclusión más útil posible y pronta de extraer de esta consideración: que muy a pesar de todo y muy por encima de esa pequeña legión de orates queriendo someter a poblaciones enteras a su mentecato gobierno, resulta siempre saludable cualquier acción encaminada a hacer reducir el papel coercitivo de un gobierno cualquiera a menos que queramos ver su instauración por medios aún más indeseables: el de la cancelación del mayor número de interacciones sociales entre los individuos; el de un gobierno no coercitivo sólo posible por la vía de hombres eremitas diseminados por el orbe, sabios lo suficiente como para respetar a los demás y, entonces sí, la desaparición del gobierno a instancias del autogobierno (por supuesto, una reducción drástica en la tasa poblacional haría posible la vuelta a pequeñas comunidades en donde la pugna gobierno/autogobierno apenas si subsistiría).

Comentario al párrafo 3:

Aquí termino con un absurdo y es adonde comienzan las inyecciones de ironía. Sugiero que sería ridículo tener que llegar al extremo de cancelar las interacciones entre los individuos —esa región supraindividual— como única forma posible de evitar la existencia de gobiernos coercitivos y lo sugiero con una ironía. Es lo que estoy diciendo. Pero aunque ironizo, y todo, no deja de brillar allí también la idea general que se sostiene en todo el texto: la del autogobierno. O sea, la autoconstrucción del individuo como condición sine qua non a la instauración de un gobierno poco autocrático o poco coercitivo y lograr entonces armonizar mejor entre los societales. Del absurdo allí planteado, se deduce que siempre serán preferibles —y necesarias—  cualesquiera acciones del colectivo encaminadas a hacer reducir las tiranías de los gobiernos que cancelar las interacciones sociales y, con ello, el gobierno de todos. Por lo tanto, todo hay en mi texto, menos la intención de atomizar.

Finalmente, en ese mismo párrafo planteo que ésa no sería, como es obvio, la única forma de obrar en dirección a hacer reducir el papel coercitivo de los gobiernos (quizá debería añadir en este punto que cuando escribí dicho texto lo hice algo divertida a causa del argumento ad reductio —reductio ad absurdum— que, como ocurrencia, estaba utilizando a fin de hacer concluir su contrario).

El último párrafo creo que es manifiesto en su significado y me ahorro la copia y el comentario.

Termino con esta explicación (no me excuso, solo explico):

Pienso que si hay algún pecado* de que se me pudiera acusar en aquel texto, entonces ese pecado sería abstraer en exceso y no, en sí, generalizar**. Generalizo en el primer párrafo y en los subsiguientes me reduzco a desarrollar la idea dejando multitud de casos particulares intocados (no tocarlos no implica su negación).

Ahora bien, si incluso ofreciendo esta explicación, se considerara de todas maneras se trata de un texto demasiado generalizador, entonces yo acepto la crítica porque a lo mejor hay algo que yo ya no estoy alcanzando a ver. Es posible.

*Es una hipérbole.
**Por supuesto, también están el estilo o la escritura pero esto no lo tomo muy a pecho porque nunca he tomado clases de escribir y es normal que lo haga con muchas deficiencias.

Epigrama


“La crítica es la cortesía del filósofo”.
Adolfo Sánchez Vázquez

La estupidez y sus códigos


Hace rato mientras leía una lista de mandamientos taoístas, me estaba literalmente atacando de risa. Se me agolparon en la mente todos los actos de estupidez que hemos tenido que perpetrar la especie para aprender del mundo (echar a perder, como se dice). Ipso facto, me vino a la cabeza la imagen de algún homo sapiens sapiens de épocas pasadas acometiendo alguno de dichos crímenes —menores relativamente—, obrando desde su bruta racionalidad o desde el más puro placer. Luego, recordé cómo de niña disfrutaba con hacer a las cochinillas bola y jugar con ellas cuales balones de fútbol sin la mínima empatía ante el sufrimiento que pudiese yo estar ocasionándoles a dichas criaturas. Tuve que esperar a que muriera mi primer perro y me durara el duelo por encima de la normalidad y se llegara en casa al exceso de hablar conmigo personas adultas, puesto que pasaban y pasaban los días y yo nomás no podía dejar de llorar por mi perro muerto, y hacerme ver la situación, etcétera, tuvo que pasar ese hecho para que yo pudiera comprender el sufrimiento en los animales y sentir la más plena empatía por sus dolores (esta es la experiencia más clara que llega a mi conciencia como analogía).

En cada uno de nosotros parece repetirse la sucesión de todas las civilizaciones que nos precedieron. En algunos casos, en nuestra infancia parecen repetirse algunos rasgos y costumbres de civilizaciones prehistóricas y civilizaciones antiguas; luego, llega la primera pubertad, y los dogmatismos y etnocentrismos se apoderan plenamente de nuestros espíritus: la historia de creerse uno el ombligo del mundo y poseer esta audiencia imaginaria (no entraré en el bochornoso detalle sobre hasta cuánto se pueden llegar a extender estos síntomas). Después, llegarnos la Ilustración en plena vida preparatoriana y pretendernos ser los más sabiohondos: la razón lo puede todo y otras excentricidades. Continuar el recorrido, y avanzar en los otros estadios si bien nos va, asumiendo como naturalmente se hace a instancias de nuestra herencia positivista, que: A) el progreso existe y B) describe una trayectoria lineal como una flecha que corre hacia adelante; hasta, finalmente, llegar a hacer coincidir el día de nuestra muerte con el máximo grado de esplendor que como civilización hayamos podido alcanzar en nuestro espíritu.

[Por cierto, en este punto me horroriza pensar que esté atravesando yo en estos momentos por mi postmodernidad o que tenga que, en algún momento (forzosamente), tener que atravesarla.]

Copio el par de los mandamientos que me sumieron en el mencionado ataque de risa:

“No aplastarás con los pies, intencionalmente, a los insectos y las hormigas.”

“No te subirás a los árboles para destruir los nidos y coger los huevos.”

Un hecho quizá nimio que me confirma el sentido que personalmente confiero a la existencia de reglas, códigos, códices, reglamentaciones y normatividades en el mundo. Son la tentativa humana por intentar normalizar el destierro o disminución de dicha estupidez de nuestras vidas.

Constituyen lógicamente, la respuesta humana ante nuestra ilimitada capacidad —como necesidad— de autoaniquilación y destrucción de nuestro entorno; prueban que en el estrecho marco de su acción, el hombre ha encontrado formas de su obrar menos nocivas que otras (o más), y que existe una razón empírica a la que instintivamente se ciñe el hombre por cuanto le garantiza la conservación de la especie (pareciera que cuanto más avanza el hombre en el uso de su razón como adquisición, más se convenciera del sinsentido de dicha razón empírica; que suicidarse, por ejemplo, no tendría por qué tomarse como un acto contra ningún orden natural ¿Serán el progreso de la razón y la razón auténticas aberraciones de nuestra especie?).

Una lógica en algunos casos precaria; una lógica, en sus formas sofisticadas modernas, apabullante. Pero, a fin de cuentas, una lógica siempre insuficiente frente a la inabarcable gama de respuestas psicológicas en la criatura del homo sapiens sapiens.

Comienzo a formular una respuesta absolutamente contraria a cierto espíritu nihilista de mi época que, en realidad, es muy anterior a éste. A aceptar que, como necesidad, el hombre es lo que es en sí mismo y que, haya o no un fin intrínseco a su existencia (trascendental o no, evolutivo o no evolutivo), dicho fin es, como muchas cosas en el hombre, artificial. Abrazar esta capacidad de artífice.  

EPÍLOGO

Me alegra que a lo largo de todas las épocas de la humanidad, se hayan alzado siempre espíritus humanistas contra doctrinas nihilistas*, negadoras de la vida. En la mayoría de los casos, dicho espíritu nihilista no ha obrado con maldad ni más. E incluso, de sus doctrinas han derivado valiosas directrices éticas para el hombre.

Algunos espíritus nihilistas:

Jesucristo.
El Buda.
Algunos de los filósofos románticos.
Algunos de los filósofos de la postmodernidad.

Algunos espíritus o doctrinas no nihilistas (humanistas más bien):

La versión ética del cristianismo (el luteranismo por ejemplo).
La versión ética del budismo.
La versión ética de la mayoría de las religiones del mundo.
El humanismo mismo.
Nietzsche.
Varias de las filosofías de la existencia (Ernesto Sabato, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Martin Heidegger).
Etc.

El problema, desde luego, de estas impugnaciones contra el nihilismo consiste en conciliar la asunción ética de la existencia con la intención soterrada (o incluso desvío no intencionado) que esta vuelta lleva al colocar a la voluntad humana demasiado encima de otros acontecimientos del mundo. Hay, pues, un intenso jaloneo entre la proclamación de la voluntad humana y el peligro de que dicha voluntad se tiranice; pasar del ego al egotismo.

*El nihilismo como lo concibió la doctrina india de la negación del mundo y de la vida y no el nihilismo activo propugnado por F. Nietzsche, una vuelta más bien contra esas negaciones del ser.

A propósito del Nóbel de literatura**

No sé por qué, pero cada que se otorga un Premio Nóbel de Literatura me siento ligeramente abrumada. Bueno, sí sé; ahora habrá que acudir a las librerías a buscar información del susodicho, mirar, estimar, husmear la obra —oler el papel de ser posible—, juzgarla.

En algunos casos quedaremos encantados y nos sentiremos conformes con el jurado de Estocolmo. En otros, escapará a nuestra más elemental comprensión el premio.

Pero no procederé irreductiblemente: existe toda una gama de opciones a considerar, algunas de las cuales son rotundamente inclusivas; mientas otras, no lo son ni de lejos. Listaré algunas:

1) Tomar la concesión del premio pero desde un punto de vista contrario: un criterio para no acceder a él. Si lo dan los suecos, algo debe de andar mal (en este caso se obra así por meras presunciones de marginalidad, aunque una marginalidad amorfa, débil y hasta digna de otro mote).

2) Abrazar con absoluto comedimiento la concesión. Es más, esperarla con impaciencia los días previos a su anuncio; tener los centavos ya ahorrados con el propósito expreso de dirigirse a la más cercana de las librerías con tal que al día siguiente, bien temprano, ir trepado ya en el micro, el metro, el metrobús —el auto— con el ejemplar bajo el brazo (no debe faltar el separador en este caso).

3) Ser absolutamente indolente al suceso. No tener ni la más ínfima idea de qué cosa es el Premio Nóbel de Literatura (ni el de la Paz, ni el de Medicina, ni el de Física, ni el de Economía, por extensión).

4) Hacer la valoración desde la propia ideología. Por ejemplo, si se milita en las filas del antiimperialismo, el anticapitalismo y todos los antis habidos y por haber —cuya expresión afirmativa por lo regular se encuentra en algún ismo (marxismo, anarquismo, maoísmo o meramente izquierdismo, etcétera)—, entonces, sospechar. Es más, sospechar hasta el límite. Y así, hurgar en el pasado del galardonado buscando encontrar el mínimo atisbo de su posible cuanto probable culpa. Ir a los expedientes a fin de averiguar en los siguientes puntos: a) sus relaciones con el burocratismo cultural, b) su militancia política desde luego, c) el tamaño de su complacencia con: c.1) todas las formas de la postmodernidad (literarias, filosóficas, culturales), c.2) el conflicto árabe-israelí c.3) la Venezuela de Chávez, Evo Morales y la UNASUR, c.4) otras, d) su adhesión a alguna vanguardia, e) sus contribuciones a la llamada ruptura, f) si es un disidente de las ideologías hoy denostadas (de trasnoche) o si se adhiere a éstas y por ello ganar las simpatías con los anti g) si asumió alguna posición particular frente la teoría estética (realista) del socialismo soviético h) and so on. (Hago una pausa para decir: no me culpen si pienso en el nombre de Mario Vargas Llosa; más bien excúlpenme).

5) Hacer la valoración desde el grado de sujeción a que las modas literarias dictan y someten. En mi opinión, aquí se encuentran los casos más patéticos; cito un caso: el del eternamente enamorado de la literatura y haberse refinado todas las novelas de Marcela Serrano, Isabel Allende, Laura Esquivel, Mario Benedetti (no sin antes haber soslayado su breve* pero elocuente obra ensayística), algún Márquez, Elena Poniatowska, la infaltable cuanto sobreestimada Rayuela de Cortázar (¿por qué Rayuela pasa por un texto tan transgresor?), etcétera. Desde luego, este espécimen no cejará en fregarnos el TL o el muro del Face con algún fragmento de Los Amorosos (y hasta fregar al mismísimo Sabines huelga decir, que mora ya en alguno de esos centros que tan magníficamente caracterizara Dante). Puede que incluso, en un caso de los muy patológicos y aberrantes, este ser se confiese alegre diletante de un desafortunado cuanto socorrido Paulo Coelho (no lo digiero). Se trata en suma, del lector sentimental —kitsch él—, poseedor de una brújula siempre en búsqueda pero mal calibrada. A este lector, por su inmensurable magnanimidad, por su mirada siempre renovada y/o virginal, no puede más que amársele. Un abrazo y una sonrisa a este lector.

6) Por supuesto, estará también el especialista de las letras, el filólogo, el ungido del lenguaje, capaz del análisis más veraz y riguroso; audaz en las puntualizaciones, agudo en la argumentación, sereno en los encomios pero generoso, quirúrgico en la crítica. Una guía, una luz para el lector amateur.

7) Sopesar en la originalidad de la obra, penetrar en su justo valor, su contribución a las letras y a la cultura; hacer o contrahacer la literatura, posarse amanuense o ser artífice.

8) Tampoco faltarán los houellebecquianos, murakamianos, felices por que hayan quedado incontaminados del premio sus autores —supongo.

9) Pasar el suceso sin pena ni gloria. Ni jota hay qué decir, hay que buscar el bocado, mejor leer en cuánto quedó el huevo o elucidar el misterio de El Lazca (pienso que el misterio de El Lazca se resuelve asumiendo que experimentó un crecimiento corporal postmortem al modo en que a Sierva María de Todos los Santos le creciera el pelo ya difunta) o imaginar el paro nacional patriótico (al que no habremos de atrevernos) en contra de la laboral. En este grupo quedarán los panpolíticos, que allí se les reduce el mundo (ajá).

10) No nos causa tanto emoción el Nóbel de Literatura como el de Física: hacemos ciencia.

11) Valerte un soplete, no el premio, sino su prestigio imponderado.

12) Ser un lector tardío.

13) Lo mismo que eres un trasnochado anti e ista en política, lo eres en las artes: siempre vas a la zaga de los textos pasados y te enseñoreas con pensar que el recorrido andado por el impulso civilizatorio a escalas de tiempo ad hoc, lograrás hacerlo tú mismo pero con longitud tu propia vida; aunque como solamente cuentas con un promedio ponderado para estimar su duración, calculas que te faltan todavía un par de décadas antes de llegar a los nóbeles más recientes.

14) El diletante (y su reacción) de lo que me ha dado por llamar el pensamiento rígido  (lógica, filosofía y lenguaje) y suspirar porque él se sujeta a otras fuentes de la cultura, además de las literarias y sus modas.

15) Otras variedades.

16) Ninguna de estas.

FIN

*Breve en comparación con su obra poética.
**Me acabo de enterar hace unos minutos del Nóbel a la UE; sí me reí bastante.

Saxofón 12

Philip Glass / Lautten Compagney
"Melody for Saxophone No.12"

La revolución bolivariana consiste en transitar de un capitalismo salvaje (neoliberalismo) hacia un socialismo del siglo XXI. Con el epíteto “socialismo del siglo XXI”, lo que se pretende es fijar distancia con otros socialismos, distinguir a este socialismo de los socialismos del siglo XX, algunos de los cuales habrían de degenerar en socialismos totalitaristas o, simplemente, ver derruidos sus sueños y aspiraciones ante el imparable impulso capitalista. 

Una cualidad muy interesante de este socialismo del siglo XXI es que su oposición al capitalismo no es, lógicamente, una oposición al mercado en general. Este socialismo entiende bien que la existencia de mercados como práctica es necesaria a la actividad comercial en general, actividad a la que necesariamente ha tendido el hombre tanto en civilizaciones antiguas como modernas. 

Otra cualidad interesante es que adopta al sistema democrático como sistema e instrumento para la elección de sus representantes populares; es decir, conserva e importa el ideal democrático propio de los liberalismos. En ese sentido, este socialismo del siglo XXI es socialdemócrata.

Hasta aquí, no constituye en apariencia una ruptura tajante con modelos ya conocidos. ¿En qué radica entonces su veta revolucionaria?, ¿en qué medida podemos afirmar que es revolucionario este proceso? Podemos afirmar que es revolucionario al introducir un cambio que es más bien un retorno: vuelve a depositar en manos del estado el control de sus recursos energéticos, el recurso mismo de su actividad comercial y, fundamentalmente, sustraer de manos privadas la función social de dotar a sus soberanos de los servicios básicos en sanidad, educación, vivienda; tiene semejanzas en esto con la función del Estado benefactor de la primera mitad del siglo XX, suscriptor —como era— de un pacto social con sus soberanos. 

Si me es más natural parangonarlo con el estado benefactor del capitalismo es porque, a diferencia de los estados socialistas del siglo XX que igualmente suscribían este pacto, el socialismo del siglo XXI no nombra a un sóviet o poder centralizado para la ejecución operativa de su gobierno, sino que conserva la figura de un primer mandatario elegido democráticamente. Por otra lado —como ya mencioné—, no liquida la actividad comercial en general, sólo la regula.

¿Por qué, sin embargo, a pesar de conservar importantes semejanzas con las liberaldemocracias se trata de un proceso tan vilipendiado, cuanto revolucionario? En mi opinión, esto sucede porque ha sido tal el desgaste de recursos y la competencia rapaz entre los monopolistas, —los magnates capitalistas del mundo— que la pérdida de cualquier mercado, el proteccionismo de fronteras sobre recursos estratégicos (el petróleo venezolano por ejemplo) constituye ya un golpe letal a estos rapaces. Hay, además, importante factores geopolíticos que hacen de Venezuela, con su revolución bolivariana, una amenaza en el hemisferio. Me refiero específicamente a su comercio con países del ridículamente llamado eje del mal (el eje del bien dixit); Irán, por ejemplo, China. Pero, sobre todo, me refiero al proceso de integración-regionalización cristalizado con el surgimiento de la CELAC y de la UNASUR durante los últimos años.

Es increíble cómo, la decisión soberana de una nación de reservar para sí la administración de sus recursos, los derroteros de su gobierno, etcétera, puede alterar en tal forma a los artífices del statu quo del sistema-mundo* capitalista. 

Pero además, la más revolucionaria de las acciones del gobierno chavista ha consistido en meter al orden a la clase empresarial venezolana que, hasta antes de ’98, mantenía hambriento y expoliado al pueblo; y luego, tomar las decisiones de gobierno con arreglo a los intereses de la nación en su conjunto y no nada más supeditarlos a los de un grupo o élite; en eso ha consistido propiamente la revolución bolivariana. Y por supuesto, escucharemos a los medios-chacha de la periferia aullar lastimeros los vilipendios, cosas como que el proceso bolivariano es dictatorial, veremos a sus ideólogos vociferar las consignas manufacturadas desde sus think tanks y enarbolar, idealistas, los principios más nobles del liberalismo, que no han pasado de ser lindas aspiraciones en nuestros países supuestamente sí democráticos.

Nadie dice que en Venezuela se viva como Alice in Wonderland, o que no haya por qué ser críticos con las decisiones de aquel gobierno. Lo que simplemente se está diciendo es que: 1) Seamos críticos en todo momento; no nada más unos ratos sí y otros no y 2) Justo por el punto anterior, con el mismo rigor que los analistas chachos de Occidente miran el proceso bolivariano, exigirles miren los procesos de los gobiernos de que ellos son lacayos. Pero como esto es pedir demasiado, con que lo hagamos nosotros, ya habrá habido algún avance.

Comparto este artículo que compartiera primero Camila Vallejo desde su cuenta Twitter.

*La idea de los sistemas-mundo fue acuñada por Braudel y popularizada por Immanuel Wallerstein, de quien la tomo prestada.

La defensa como necesidad, no como violencia (más de sempitema)


Cuando un grupo de personas, una pequeña sociedad, un pueblo, etcétera, decide oponerse por medios articulados no violentos a sus opresores, entonces, eso se llama una elección; una elección que resulta de una reflexión, de un razonamiento. Pero cuando un pueblo se opone a sus opresores, no por vías pacíficas sino de las llamadas ahora violentas, entonces, raras veces ésa es una acción razonada. No se tiene allí una elección, no se obró allí con libertad. Se obró por necesidad.

A mí me parece que amplios espectros de la autonombrada izquierda mexicana no ha logrado entender este aserto tan simple y, así, es común escuchar o leer algunos argumentos erigidos sobre lo que en mi opinión son premisas falsas.

Cuando se arguye que se equivocan los grupos al elegir luchas por vías violentas, veo aquí dos errores:

1) El ya señalado: raras veces se trata de una elección; es una necesidad.
2) Es un error de comprensión importante pretender que es violento alguien que se está defendiendo de una violencia primera de que ha sido objeto él: se llama DEFENDERSE, no se llama VIOLENCIA y aunque personalmente siempre he sentido rechazo por actuar defensivamente como reacción a una agresión (creo que se podría apelar a otros medios) también pienso que llegado cierto momento, si las agresiones y la violencia no cesan, entonces, es legítima la reacción. Lo que quiero decir es que si hemos de consentir en tildar de violenta a esa actitud defensiva en llamarla violenta, entonces, si queremos ser congruentes, deberíamos al mismo tiempo consentir que es una violencia provocada, que es una violencia justificada (no por sus medios).

¿Cuál es mi punto?, ¿a qué quiero llegar? ¿A animarlos de hacernos de piedras, azadones, palos para defendernos de la opresión oligarca? Absolutamente no. Sólo quiero animarlos, invitarlos, a no hacer propias las palabras, el discurso mismo de los opresores para calificar (denostar, demonizar) algo que, de facto, ellos han provocado. No aceptemos en consentir que quienes toman una lucha no pacífica versus la opresión oligárquica sea gente violenta. No seamos tan ligeros en reproducir ideas y pensamientos (no nuestros) en nuestras propias bocas. Ésa es mi invitación.

Al margen de todavía poner dos que tres gotas de esperanza sobre vías razonables de lucha, pongo otro tanto de mi esperanza en la siguiente idea: el azar y la necesidad. Esas dinámicas que escapan a nuestro control pero que eventualmente derivan o han derivado en bienestar para sociedades enteras o, incluso, en períodos de paz para una civilización completa así se trate de cortos períodos de tiempo.

Son singulares los casos en que dichas dinámicas insurgen sin la participación de los pueblos; incluso hay a veces allí, algún fermento de renacimiento cultural o esplendor. 

El movimiento y las mutaciones no el quietismo, ni la inacción— parecen ser los mecanismos más básicos generadores de cambios. Insustituibles, cuanto necesarios.

Cadena ω de ancha longitud |ω|



Ningún segundo sin proferir una ausencia, sin vomitar un exabrupto, sin roer un poema con el nervio de tu imaginación punzante.

Anatemas y anfibios. Ánades y anemias. Angiospermas y ágatas mestizas.

Rozar la greba, desde la piel —por dentro—.

Luego, salir de ella y desatarse el proceso irrestañable.

Escribir sin la inspección.



ABSOLUTOS LOCALES (sempitema)


ADVERTENCIA: Recomiendo saltarse directo al inciso III.


I

"La desdicha está en todas partes; ahí, detrás de la puerta; o la estupidez, que es peor."
Virginia Woolf

Una reflexión se me antoja como un lamento, por la imposibilidad de cesar el dolor en el mundo, los diversos sistemas de opresión que el propio humano ha construido en diferentes períodos históricos para  autoinmolarse él mismo. Y, finalmente, atrevernos después a declarar que la culpa la tiene el otro y querer reducir todo a un tema de neuronas cuando, en cualquier caso (o, a lo sumo), sería un tema no de carencia, sino de desdén por la razón. No en un modo kantiano, de una legalidad universal dictada por una inteligencia inaprehensible o entelequia, sino por la necesidad misma que la vida vaya proclamando para sí. La razón científica (cierta razón científica), los paradigmas cuánticos válidos a microescalas, al parecer, niéganse a afirmar la existencia de un propósito intrínseco a la existencia, porque ello podría implicar la existencia de algún telos, de un trascendente al modo metafísico. Yo digo que la cosa es más tranquila: el propósito es inmanente, de orden físico: visible, cuantificable, útil a la razón práctica, al sentido común: la vida.

Incluso la muerte y el dolor y las autoinmolaciones actúan en pro de ella, como necesidad, ciclo, continuidad y también su negación (los años que nos son dados para vivir). No sé.

Somos estas criaturas con conciencia (horror y encanto).

II

Aunque estemos sujetos a la necesidad esencialmente, me gusta pensar que hay un ámbito de acción local en donde el sujeto goza de libertad enteramente, en donde la necesidad no es otra cosa que libertad.

Por eso me gusta consolarme con una sola idea por infinito tiempo; con una melodía, un cuadro, un texto. Más que una actitud ritual o de desencantamiento, es un gesto de supervivencia.

La anhedonia en el extremo del hedonismo. La pérdida de la libertad.

III

En este blog estamos en contra de las reforma laboral prianista. Enérgico repudio a la maltrecha visión de estos neoliberales que no satisfechos con devorarse al mercado quieren cercar, y cercar, y acorralar, y ahorcar al trabajador. ¿Cómo puede encontrar solaz una persona que necesita trabajar una semana para comprarse un libro caro de El Péndulo? Es insostenible ya esto. Envío dos enlaces: ENLACE 1 y ENLACE 2.

Un tuit afuncional y allí le dejo

Toda afectación de grandilocuencia es un modo de penetrar en el mundo.

La sencillez —su versión minimal— es su máximo grado de sofisticación. Es la grandilocuencia del que entiende.


Las listo sin mucho orden pero las divido por temas (también estoy comentando sobre tweets de hoy de Noroña, véanse aquí)

TEMA I. Primero, comentarios que complementan o coinciden con lo dicho por F. Noroña:

1) Es acertada su crítica sobre la indefinición en objetivos y métodos en el plan de resistencia propuesto por AMLO.

2) Sin duda, el primer propósito de dicha resistencia es desobedecer al mandato por el cual se intenta imponer a EPN como presidente legítimo de este país (si hubiésemos sido ligeramente más pesimistas, el primer mandato a desacatar en tanto sociedad organizada bastante más que como individuos marginales habría sido el del sufragio efectivo. No se hizo y estuvo bien que no se hiciera. Ya no hay cómo argumentar que la gente de la izquierda mexicana aglutinada en Regeneración Nacional sea esta gente bárbara que por tanto tiempo se pretendió (tampoco generalizo, pero la gente ya muy inadaptada en la izquierda se explica por motivos psicológicos y no ideológicos, a mi ver)).

3) El texto de Thoreau es uno valioso en sus generalidades para la resistencia que se planea aquí (resistir contra la imposición de EPN), pero poco vigente en sus particularidades para nuestros propósitos. Hace falta instrumentar y reescribir una nueva resistencia civil ad hoc a nuestros propósitos y al momento que se vive (a priori no descarto que pueda dar algún resultado).

4) Si se va ir a la vía socialdemócrata debe hacerse, sí, habiéndose demostrado antes el poder del pueblo organizado: el poder de la desobediencia civil (cosa que no se ha logrado hasta ahora). Elocuente: la desobediencia civil como preparatoria al camino electoral o socialdemócrata.

5) Por supuesto, debemos plenamente conservar nuestra voz y visiones sin subordinación a AMLO; la unidad no surge de una masa amorfa atolondrada, sino a partir de los  individuos críticos que la componen.

TEMA II. Ahora, los puntos en los que discrepo:

1) No se busca normalmente la vía de la violencia (no se quiere eso). Pero cuando esa vía es la que opera y se convierte en realidad, raras veces ocurre como resultado de una elección muy orquestada, como por causa de la necesidad histórica: sucede o no sucede (algo con lo que he sido bastante reiterativa por aquí). Ojalá en México nos encontremos todavía en un punto en que no sea necesario acudir a tal recurso (me temo que no me tocará en vida saberlo, pero tiro mi dado: de suceder, tampoco me tocaría testimoniarlo).

2) Por tal, proponer un golpe militar es ya pueril (por ejemplo), como algún tuitero/a proponía.

3) Sin embargo, la insistencia en la vía por parte de la población, sí que es un hecho legítimo; irreflexivo frente a nuestro momento histórico (yo, a diferencia de AMLO, creo que nos hallamos en el cénit del actual sistema de opresión), pero legítimo a fin de cuentas.

4) Personalmente no me pronuncio por esa vía, pero tampoco creo que esté mal conocer de ella. No vaya a ser que así como ahora un grupo oligárquico decide por nosotros, un día se le ocurra al pueblo armar su zafarrancho y entonces le toque ahora a él al pueblo decidir por los demás (la verdad, no creo que vaya a suceder a corto plazo).

5) No todas las experiencias de gobiernos militares latinoamericanos han nacido desde un ímpetu fascista o de derechas; algunos ejemplos: Juan Velasco Alvarado en Perú, Omar Torrijos en Panamá, Hugo Chávez en Venezuela o incluso la revolución cubana con sus hiperpropalados desaciertos.

6) Quizá no es muy bueno hacerme caso ahorita a mí, traigo una fuerte desazón postelectoral, de modo que no siento optimismo frente a la construcción de un nuevo partido, o símil. Mi argumento no tiene tanto qué ver con la erogación de recursos del erario como con la convicción de que la izquierda ha recorrido dicho camino desde ochenta y ocho con siempre un negativo resultado: fraude, burla a la población. Si existe una razón (y es solo una) por que pueda yo conservar alguna convicción o esperanza en ese vía tiene que ver (nada más) con que sé que las dinámicas no son (al menos en apariencia) siempre las mismas y que quizá algún día a algún grupo de mexicanos más obstinados y organizados que los actuales, le toque presenciar el triunfo de su revolución (pienso en una sola conjunción de vocablos: revolución ideológica).  

Estoy comenzando a creer que es hora que AMLO ceda la estafeta a un relevo digno y creo que, al momento, ese podría ser Gerardo Fernández Noroña (o juntar las luchas).

También celebro que AMLO se haya por fin desligado de los partidos de la izquierda tradicionales (esto era superprevisible).


En horas se conmemora el golpe militar contra Salvador Allende; aquí, su último discurso de la mañana del 11-S de 73 en Palacio de la Moneda.

Los poetas mienten mucho (leyéndote)


TEMA: Melódie de Orfeo y Eurídice
AUTOR: [Gluck | Sgambati]
INTERPRETA: Yuja Wang


EL ORIGEN DE LA POESÍA.  —Los aficionados a lo fantástico en el hombre, que al par representan la doctrina de la moral instintiva, discurren de esta suerte: "Suponiendo que se haya venerado siempre lo que era útil, como suprema divinidad, ¿de dónde pudo venir la poesía, esa forma de rimar el discurso que, lejos de ayudar a hacerle más inteligible, disminuye su claridad y que a pesar de esto, siendo una burla a toda consideración de utilidad, vemos germinar por todas partes sobre la tierra? ¡La hermosa y salvaje sinrazón os refuta, utilitarios! Precisamente el deseo de librarse siquiera una vez de la utilidad es lo que ha elevado al hombre y le ha inspirado la moral y el arte." Pues bien, en este caso particular tengo que hablar en pro de los utilitarios — ¡tienen razón tan pocas veces!

Fue la utilidad, una utilidad muy grande, lo que se tuvo presente en los antiguos tiempos en que nació la poesía. Se dejó entrar el ritmo en el discurso como fuerza que ordena de nuevo los átomos todos de la frase, que obliga a elegir las palabras y que ilumina con nuevos colores el pensamiento, tornándole más obscuro, más extraño y lejano: la utilidad de esto era en verdad una utilidad supersticiosa. Se quiso grabar los deseos humanos en el espíritu de los dioses por medio del ritmo, cuando se advirtió que el hombre conserva mejor en la memoria el verso que la frase en prosa; por medio de la cadencia rítmica se pensaba que se conseguiría hacerse oír a mayores distancias; la oración rítmica parecía acercarse más a los oídos de los dioses. Pero ante todo, se quiso sacar partido de la subyugación que la música ejerce sobre el hombre; el ritmo es una coacción, engendra un irresistible deseo de ceder, de ponerse al diapasón. No sólo los pasos que dan los pies, sino los del alma siguen el compás, y los hombres discurrían que lo mismo debía suceder en el alma de los dioses. Se trató de obligarles con el ritmo y de ejercer coacción sobre ellos; se les echó, como un lazo mágico, la poesía. Los pitagóricos consideraban la poesía como una enseñanza filosófica y un procedimiento educativo; pero antes hubo filósofos que atribuyeron a la música el poder de descargar las pasiones, de suavizar el alma, de dulcificar la ferocia animi, precisamente por lo que de rítmica tiene la música. Cuando se perdían la tensión precisa y la armonía del alma era preciso ponerse a bailar; tal fue la receta de aquella terapéutica. Con ella apaciguó Termandro un motín, Empédocles amansó un loco furioso y Damón serenó a un mancebo que se moría de amor. Con ella también se ponía en cura a los feroces dioses, sedientos de venganza. Primeramente, se hizo excitando el delirio y la extravagancia de sus pasiones hasta que llegaran al colmo, volviendo frenético al iracundo, ebrio de venganza al que tenía sed de ella. Todos los cultos orgíacos pretenden descargar de una vez la ferocidad del dios, condensada en una orgía, para que después se quede libre y sereno y deje en paz al hombre. Melos significa, según su raíz, un medio de apaciguar, no porque el canto sea dulce de suyo, sino porque sus efectos ulteriores engendran dulzura. Se creía que no sólo en los cánticos religiosos, sino también en los cantos profanos de los más remotos tiempos, el ritmo tenía cierto poder mágico, por ejemplo, cuando se sacaba agua o cuando se remaba. El canto es un hechizo sobre los demonios, a quienes mueve, tornándoles serviciales y convirtiéndoles en esclavos e instrumentos del hombre. En cuanto se pone mano en algo, hay ya motivo para cantar; todo acto requiere el auxilio de los espíritus. Las fórmulas mágicas y los encantamientos parecen haber sido las primitivas formas de la poesía. Cuando se empleaba el verso para un oráculo —y los griegos decían que el hexámetro había sido inventado en Delfos— el ritmo era también un medio de coacción. Hacer que le profetizasen a uno lo porvenir, significó primitivamente (según la más verosímil etimología de la palabra griega): ver que le otorgasen algo determinado al que solicitaba el oráculo. Se creía sujetar lo futuro, ganando a Apolo para su causa, puesto que, según las representaciones antiguas, era aquella deidad bastante más que un dios que predice lo porvenir. Bien mirado todo, ¿qué cosa hubo más útil para el hombre antiguo supersticioso que el ritmo? Mediante él se podía conseguir todo: acelerar mágicamente cualquier trabajo; obligar a un dios a aparecerse, a estar presente, a escuchar, a disponer de lo futuro a voluntad, descargarse el alma del exceso de algún afecto (el miedo, la manía, la compasión, la venganza), y no sólo el alma de cada uno, sino también la del más perverso demonio. Sin el verso no se era nada, con el verso se volvía el hombre casi un dios. Un sentimiento tan hondo no puede ser desarraigado por completo, y aun hoy, después de un trabajo de miles de años para destruir aquella superstición, al más sensato de los hombres lo enloquece en ocasiones el ritmo, aunque no sea más que haciéndole creer que una idea es más verdadera cuando se reviste de la forma métrica y camina con divina cadencia. ¿No es cosa chistosa que los filósofos más graves, a pesar de toda la seriedad con que manejan la certeza, invoquen todavía sentencias de los poetas para dar fuerza y autenticidad a sus ideas, sin ver que es mucho más peligroso para una idea que la aprueben los poetas que no que la contradigan? Homero lo dijo: los poetas mienten mucho.   

EL GAY SABER, Friedrich Nietzsche.

El arte y la originalidad


Cuando al artista se le revele que su arte es otra forma de conocimiento y representación del mundo y que éste pueda servir al hombre para desmitificarlo  —o sacralizarlo, según se le antoje— tendrá menos problemas con la cuestión de la originalidad (singularidad) de la obra de arte y con la carga moral que quieren algunos imprimir sobre el acto de copiar sin cita, de hacer pasar por propio algo ajeno. (ESCOLIO: Si el arte es algo más que conocimiento y representación no veo por qué lo fuera más que otros quehaceres intelectuales o porqué pudiera haber algo intrínsecamente noble a este quehacer frente a otros. La tendencia al conocimiento y representaciones es lo universal al hombre; ¿el método? consustancial a dos hechos: 1) Las posibilidades de conocer del hombre, de explicarse los fenómenos (a las emociones, por cuanto subjetivas, les damos preeminencia, pero el hombre nunca ha cejado en la tarea de verterse sobre lo objetivo tampoco; gracias a ello, por ejemplo, es que existen mecanismos de exploración del espacio) 2) El gusto de la época).

Hacer pasar por propio algo ajeno es hacer pasar por propio algo ajeno aquí o en China. Solamente que (y ésta sí es una gran y maravillosa excusa) el ámbito del arte es la invención, la fantasía. Y queda muy difícil determinar cuándo un artista copia para renovar o reconstruir, o cuándo copia con intencionalidad, esto es, porque quiere que se le atribuya suyo algo que, de suyo, no lo es.

En lo personal, prefiero que quede esa, digamos fuga, intersticio espacio, por donde pueden colarse los deshonestos, con tal que el arte florezca, la invención humana, la posibilidad de crear y recrear nuevas formas, nuevos modos de pensamiento, de refrescarnos, y no que, por taparla, la invención se esclerotice (qué bueno —me digo— que yo no soy artista y qué bueno que en los quehaceres humanos de mi interés (lo formal) quede muy claro que el recurso a las ideas de los otros (extenderlas, magnificarlas, etcétera), no sólo es deseable sino necesario; por otra parte, llegan a ser tan claros, tan transgresores o revolucionarios ciertos aportes que casi siempre se sabe cuándo alguien está haciendo alusión a ellos, aun sin ser explícito).

Los lindes entre la honestidad y deshonestidad humanos han sido siempre cosa difícil de determinar dentro del arte o fuera de él. Ojalá quienes copien sin citar por el mero afán de notoriedad instantánea (o por la defensa de cotos de poder), lo aclararan, pero la verdad es que es tan intrascendente su propósito (la notoriedad y la defensa), que da igual si lo hacen o no y que, finalmente, si no lo hacen y llevan implícito un mensaje nuevo, fresco (de otro), hacia los otros, entonces tiene algo de ganancia la cosa (socializar el conocimiento y todo este asunto). Por otra parte —y con esto finalizo— nunca he creído en algo como la "singularidad"; creo más bien que los humanos nos parecemos demasiado, que no es raro que multitud de personas en distintos puntos en simultáneo lleguemos a aseveraciones similares y que esto es tan común que, por ejemplo, en el ámbito científico se acostumbre y se tengan criterios bien claros y establecidos para publicación de novedades y de descubrimientos, es decir, el instrumento paper (consúltese la evolución del cálculo infinitesimal y el archiconocido hecho de la invención de la herramienta por parte de Leibniz y Newton en momentos paralelos).

Tenía tiempo que quería opinar sobre el caso Alatriste y yo creo que, con esta entrada, satisfago en cierta medida dicho propósito, si bien claramente, hay aspectos a que no aludo porque, en fin, me parecen ya muy manidos, no tendría yo gran cosa qué decir. El asunto sucedió hace varios meses, pero ahora que ocurrió el vericueto con Poniatowska no pude evitar regresar a la idea de la honestidad (una a la que circularmente se regresa de cuando en cuando).

Convencida, como estoy, que el ego enfermo del hombre de la postmodernidad es uno de sus grandes lastres, entonces no es de extrañar que éste acuda a consolarse y palíe un poco su mal, pensando o concibiéndose como una criatura singular en oposición a una universal (que no única, porque únicos sí somos todos) y que olvide a ratos cuánto de las obras y hechos universales hemos aprendido y nutrido todos (pienso que en la idea de singularidad de nuestro tiempo recae la universalidad de éste: todos al mismo tiempo nos pensamos singulares: eso compartimos y nos hace comunes). Desde luego, la homogeneización que hace del individuo la masificación cultural del modo de producción capitalista y sus instrumentos es fermento inagotable para la imposibilidad que señalo (la singularidad), amén de que per se, la singularidad es, más bien, singular, escasa o, en todo caso, más habitual, común o propicia en ciertos momentos que en otros (o a ciertas personas que a otras).

Queda pendiente la discusión de si en el capitalismo es aún posible lo universal (yo digo que sí) y cuál es la diferencia entre universalidad y uniformidad (a esta última la tomo aquí como sinónimo de homogeneidad). ADELANTO: La defensa de la universalidad debería de tomarse como imperativo ético. AVISO: Mi actual leit-motiv (el arte).

Aquí termino.

Una cita de Jim Jarmusch que un día encontré navegando por la Web (aquí).

Autogobierno


La necesidad de los gobiernos (su existencia) revela que el hombre, incapaz de autogobernarse, cede el control de parte de sí a un órgano coercitivo. Pero aun si el hombre se conquistara a sí mismo, este órgano coercitivo no habría de desaparecer por completo pues existe una región supraindividual (allí donde concurren todas las dinámicas individuales interactuando) en cuyo seno insurge un mecanismo o ente que como suma de partes constituye a uno particular de los diversos sistemas vivientes por largo tiempo caracterizado; hablo del denominado sistema social (recordar que un sistema no existe porque exista su abstracción, su abstracción ha sido necesaria para la descripción de un fenómeno real).

Lo que en cambio sí podría ocurrir es la llamada utopía. Es decir, si nuestra hipótesis se hiciera cierta, entonces contaríamos con todos los elementos para positivamente ver arribar un mundo en donde la capacidad coercitiva de los gobiernos fuese reducida a su máximo posible. El corolario es claro: por utópica que sea dicha posibilidad, es una a la que no deberíamos de renunciar tan fácilmente; simplemente porque, como ya dije, dicha reducción sería un indicador de la buena conducción del individuo, de cierta eficacia en su autogobierno.

Hay todo un perorar largo que podría derivarse a partir de esta idea. Pero ahora quiero ser sucinta y llegar a la conclusión más útil posible y pronta de extraer de esta consideración: que muy a pesar de todo y muy por encima de esa pequeña legión de orates queriendo someter a poblaciones enteras a su mentecato gobierno, resulta siempre saludable cualquier acción encaminada a hacer reducir el papel coercitivo de un gobierno cualquiera a menos que queramos ver su instauración por medios aún más indeseables: el de la cancelación del mayor número de interacciones sociales entre los individuos; el de un gobierno no coercitivo sólo posible por la vía de hombres eremitas diseminados por el orbe, sabios lo suficiente como para respetar a los demás y, entonces sí, la desaparición del gobierno a instancias del autogobierno (por supuesto, una reducción drástica en la tasa poblacional haría posible la vuelta a pequeñas comunidades en donde la pugna gobierno/autogobierno apenas si subsistiría).
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Un mundo así de eremitas, por cierto, podría llegar a ser deseable si las escasas interacciones que allí ocurriesen no estuviesen sometidas a un catálogo de reglamentaciones; y, a modo de confesión, debo decir que la situación no me es aberrante en lo absoluto, pero conozco a muchos que protestarían ante la idea.

Dios y la música*


Al margen de mis concepciones sobre el tema, pienso que la música sacra resulta ser una de las músicas que más instantes de imperturbable belleza puede llegar a dar. No asocio a esta música con los crímenes que se hayan efectuado en el período a nombre del origen común (Dios) entre los crímenes y la composición sacra. Sería tan tonto como podría serlo odiar el saber científico solamente porque también se le ha utilizado para asesinar a hombres. Todo sistema de ideas —sean de cariz religioso, económico, político, etcétera—, parece arrastrar, adlátere, una estela de crimen y locura tras él, pero esto no es tanto por un vicio en el sistema mismo, como por un vicio en su interpretación (casi siempre excesiva en subjetivismos). Por eso la música con que inicio este escrito es música compuesta en el siglo XX por Arvo Pärt, es decir, compuesta en un siglo en donde los más grandes crímenes se suscitaron menos por fanatismo religioso que por otros fanatismos (a fin de cuentas la religión, lo mismo que otros sistemas son sólo subterfugio para el impulso, muchas veces tarado, de desmitificación del mundo por parte del hombre).

Comienzo.

Ser ateo es prescindir de la idea de Dios y no, como a veces se presume, negar su existencia. Lógicamente es imposible negar la existencia de algo estipulado a priori (es cuando se aprecia la potencia del lenguaje simbólico y, concretamente, de la palabra creadora: parece que hablar de Dios revelara la certeza misma de su ser); aunque todos sabemos que dicha imposibilidad tampoco dice algo sobre la constitución ontológica de eso que se presume existente, o que no puede decir más de lo que quiera decir nuestra esperanza.

Hay muchísima gente muy creyente a quien respeto por la belleza de su intelecto y de su alma.

La opción entre prescindir de Dios o necesitar de él, no tiene que ver con un hecho de la inteligencia o del razonamiento (con una postura epistemológica; en donde, por ejemplo, un espíritu empirista estaría rotundamente condenado a prescindir de él; en tanto que uno racionalista a defender por argumentos lógicos su veracidad). Hay muchísimos ejemplos de esto en la historia. Citaré dos ejemplos contundentes. Isaac Newton e Hipatia.

El primero no solamente creía en Dios sino que dedicó gran parte de su vida al estudio de la Biblia, del Apocalipsis y sus profecías particularmente, y pensaba que de alguna manera su Filosofía Natural, habría de dar sustento a la existencia de Dios y a la Teología Natural de su tiempo. La segunda, a pesar de ser una de las mujeres más inteligentes si se revisa la historia de las ideas, una filósofa de espíritu absolutamente revolucionario (en verdad no es un pleonasmo), etcétera, era también practicante del paganismo de su época.

La opción entre prescindir de Dios o necesitar de él, aparece ligada a un hecho que, en mi opinión, da cuenta de la singularidad del hombre frente a otras especies del planeta: lo que Max Horkheimer y Theodor W. Adorno denominan, el “desencantamiento del mundo”, o sea, el dominio de la naturaleza, el destierro de nuestros miedos.

El desencantamiento del mundo tiene sus períodos. El período arcaico, el período antiguo, el período de la modernidad ilustrada, el período de nuestra postmodernidad.

El período arcaico está plagado de una polivalencia de dioses cuya existencia está asociada a ciclos biológicos de la Tierra; se extiende hasta el origen de las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo). El segundo período compone el nacimiento y prolongación de tales religiones monoteístas. El tercero, que concretamente tiene su raíz ideológica con la reforma luterana y en el racionalismo contemporáneo de dicho movimiento, da origen después a la conciencia del hombre ilustrado que intercambia la necesidad de una entidad divina que da origen al mundo por una comprobación (la de ese hecho). Y, finalmente, la mentada postmodernidad en donde el hombre, frente a su sórdida existencia decide sustituir a Dios por sí mismo.

Vivimos ahora y con intensidad esa época. Blogs, Twitters, Facebooks, estas palestras de nuestro ego, en cierta forma dan testimonio del hecho: vivimos no solamente para reivindicar nuestras voluntades por siglos domeñadas, sino para erigir nuestra voluntad en fuerza sagrada, casi mítica; parafraseando a Adorno y a Horkheimer, si “el mito es ya Ilustración”; el mito también —yo añado— se convirtió en postmodernidad**.  El error de esta impostura tiene su origen en una malversación de las últimas tesis nitzscheanas (Así habló Zarathustra, La voluntad de poder, etc.), por un lado, y en una fundamental incomprensión de las primeras (El Origen de la Tragedia). Y enferma pensar que debamos padecer del recrudecimiento de nuestras voluntades para, después del hartazgo, vomitarnos y ser esos supuestos superhombres que estamos llamados a ser (¿no podríamos crear algún atajo?). Sobre este hecho, a veces me pregunto si los grandes criminales de la historia no serán mentes con un superávit de voluntad. O a la mejor solamente sucede que, la voluntad, situada en la capa cortical prefrontal del cerebro, llega también a enfermarse. COROLARIO. La voluntad del hombre sustituye a Dios, pero si su voluntad está enferma, entonces, el desencantamiento del mundo se convierte durante la postmodernidad en desencanto.

Por esto mismo, de nada serviría saber un día todos que Dios —como se conciba— en efecto fuera una creación humana y solamente eso si, por otro lado, el desencantamiento del mundo no ha llegado a ser todo lo eficaz que se pretendía. (Me pregunto, ¿será una cuestión de tiempo?). Comprobar, durante el siglo que terminó, que hemos dejado de luchar contra la naturaleza gracias a la técnica, para pasar a luchar contra nosotros mismos gracias a la voluntad, no ha hecho sino engrosar las filas de creyentes, hacer pulular estos brotes de legiones afectas a la nueva era y cosas semejantes y, particularmente, exacerbar el sentimiento de desencanto propio de la postmodernidad (cualquier aberración, cualquier tara del ser, cuando nos atrevamos a explicarla menos como un efecto que como una causa, podría llevarnos a suscribir la tesis de los estoicos según la cual el dolor es necesario. Entonces, apostarnos en el cómodo diván del ataraxia griego y vivir más indiferentes al devenir. ¿Y por qué no?). Por supuesto, el problema es que la exaltación de la voluntad de la llamada postmodernidad, es todo, menos, un despliegue de sabiduría. Por ejemplo, mucha gente confunde y piensa sus miedos superados, proclamando y haciendo efectivo que a ella nunca nadie le habrá de imponer nada que no quiera su voluntad, que su voluntad se niega a ello, que su voluntad es quien escoge y, no conformes con esto que parecería de entrada muy razonable, que ellos deciden cuándo, cómo y qué, a expensas de lo que sea y sobre quién sea (aquéllo que al mexicano promedio le lleva a sentirse un chingón, por ejemplo). Es el típico proceder basado en la opresión de la voluntad del otro, generador de desequilibrios tan monstruosos como el del capitalismo y no privativo de este período.

En su precioso ensayo Heterodoxia Ernesto Sabato afirma: “El Hombre sólo tiene fe en lo racional y abstracto, y por eso se refugia en los grandes sistemas científicos o filosóficos; de manera que cuando ese Sistema se viene abajo —como tarde o temprano sucede— se siente perdido, escéptico y suicida. La mujer confía en lo irracional, en lo mágico, y por eso difícilmente pierde la fe, porque nunca el mundo puede revelársele más absurdo de lo que a primera vista intuye. El credo quia absurdum es femenino, como toda filosofía existencialista (aunque sea hecha por hombres; por hombres, claro está, fuertemente propensos a la feminidad). Racionalizar al Universo y a Dios es empresa, en cambio, típicamente masculina, locura propia de hombres.” A estas palabras, yo me atrevo añadir que esta locura o absurdidad de empresa masculina —según Sabato— se hace valedera cuando comprobamos que es también con sobrecargo en este impulso racionalizador que el hombre asesina sistemáticamente, planea guerras para la proclamación de sus dominios, depreda la tierra como si lo ignorase, etcétera.

Qué ironía, pareciera que el origen detrás de este impulso racionalizador es el mismo que yace detrás de la creencia en dioses. Solamente que, en el segundo, el desencantamiento del mundo se logra mitificando sus encantamientos, sus misterios o, más tardíamente, por deducciones lógicas. Mientras que, en el primero, se hace a través de la precisión matemática, de la comprobación experimental y también por deducciones lógicas. O, dicho de forma equivalente, el hombre postmoderno proclama con locura el triunfo de las emociones sobre la razón aunque, para lograrlo, precise como nunca de la autoconsciencia.

Si no les molesta que recomiende una lectura, entonces quiero decirles que hay un texto esclarecedor sobre el tema religioso cuya lectura emprendí hace unos meses en consonancia a una relectura al Origen de la Tragedia de Nietzsche; ambos textos me ayudaron mucho para ordenar mejor y comprender el origen de la religión como fenómeno antropológico; el libro se llama “El crisol del cristianismo” y es un conjunto de ensayos dirigidos por el historiador Arnold Toynbee —con también ensayo de él—, en donde cada ensayo es una pequeña lección de aspectos diversos en torno al origen de la religión cristiana. Quizá a alguien le resulte útil el dato.

* Dios y la música no son el tema de este escrito; las ideas de Dios y la música son quienes lo originaron.

** Aguardar ver otras conversiones es nada más congruencia con la época.

NOTA: Yo creo que con este escrito termino una serie de escritos sobre este tema que he estado colocando en el blog de un tiempo para acá (aquí, el penúltimo).

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