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Capacidad de crear, es capacidad de nada.

Capacidad de crear, es capacidad de nada.

El buqué de lo inconcluso

Conservar ese buqué de algo inconcluso, que se renueva constantemente a pesar de la fragilidad de su existencia y de sus precarias condiciones materiales es lo que tal vez precipita el milagro en las personas. La palabra pan, la palabra cosa, el hecho de sentirlas en los labios y comunicarlas. El hecho de frotarlas en el inconsciente y darles un lugar en el espacio no nebuloso de los objetos atesorados, hace de ese paladar con su buqué no deshecho un lugar para lo impensable y para lo imposible.

Apuntes biográficos que se desbaratan en el suelo, hasta cierto punto eso constituye mi cabeza.

junio de 2020, eleutheria

Los libros son un simbolismo y en el universo se proyectan

Los libros son ensueños cristalinos del canto del cisne en que la peripecia dorada de una colcha de odas se restriega contra el cuerpo muerto de un esqueleto raquítico que todavía canta. Por eso el cisne es imitación, pero también es permanencia y, sobre todo, fuente y origen. El cisne no puede ser más que el canto evaporado de un Darío que ahora habla mil idiomas y repite mil atardeceres en sus cantos sin eructarlos. Es simbolismo pero también es tradición. Es hedonismo pero también es absurdo. Es agua de mar pero también es posibilidad gravitatoria. Es nihilismo pero es testarudez. Es razón pero es ración. Es lucha en un espejo lacustre de faz serena y rosada pero también es ajada opalina. Es eyección y propulsión y disrupción respiratoria que jala y eructa y hace cuac y jadea. Es el relativismo de las cosas del mundo que lo envuelve todo y las vuelve discutibles. Es miasma universal. Es por supuesto y nunca. Es esperar pronto. Es devolver jamás. Es jalar con el diafragma esa parte del cuerpo que se jala con él, que orgánicamente sube de las piernas al equilibrio del universo y genera una calidez expansiva en la que se baña el calor de los atardeceres neutros y neutrales del detritus de plasma junto a materia tóxica que aplasta y come y disimula sus desencuentros. Es la lengua universal. Es el lenguaje muerto. Soy yo. Soy tú. Eres yo. Eres tú. Somos. Nos hablamos y nos sometemos a este derruido encuentro, de piezas oxidadas, de obsidiana fluorescente. Llegas a mí y acometes la destrucción y aunque no se podría decir que eres mi canto, te asemejas a él en mil formas y en mil modos posibles. Es que es más que sensación, ritmo y aroma. No hay una señora única. El encuentro es imposible. Pero alguien lo sabe, alguien lo sabe, y estos dedos lo escriben.

Delirios de esquizofrénico nivel 4

La realidad está en ti y tú en ella, te lo dicen toda la cauda de imágenes que pululan a tu alrededor y, sin embargo (sin embargo) parece que ese hecho se vuelve inaprehensible, como de mosca, como de pacotilla, cuando se trata de reclamar tus derechos y lo que, por mérito propio, te pertenece. Entonces, todos llegan, los vulgares y los no tanto, y se ponen a patear traseros, a mostrar sus culos hediondos y prepotentes carentes de carga armónica. Ellos patean y tú gimes. Ellos patean y tú ríes. Ellos patean y se te van los ojos. Y se te van los ojos a las estrellas mientras ellos patean porque patear es el arte y deporte del hombre homogéneo. Ellos patean porque son masa y no les queda más que rebuznar mientras tú te asomas a la ventana y te preparas otra taza de humeante y exquisito refresco natural hecho con gaseosa que sale de las técnicas del fermento.

 

Despeñaderos metafísicos

Hay una componente metafísica en los textos que llegan a nuestros manos cargados de furor. En esencia nos recuerdan la flaqueza de la noche o la austeridad de la madrugada. No son la navaja de Ockham que nos permite acceder limpiamente a ellos por su simpleza. Son más bien una sutura y un estampado. Pero en el fondo esconden un cadáver. No es el cadáver de la muerte, obviamente, es el cadáver de la agonía y de los despeñaderos en los que se vierte el cuerpo cuando todo se colapsa y se antiquintuplica por las prisas, se minimiza y se ametralla en su mínima expresión formando olas de suciedad que se levantan contra el tiempo y esconden el rostro de lo cuadrado sin fervor ni sin temor ante la inmundicia. Cabría pensar en este sentido en un rompecabezas o, mejor, en un acertijo. Pero no hay palabras, decía mi vieja abuela, que no puedan ser descifradas. Entonces mi abuela mira de rabillo por la ventana y se echa a reír. Hay entes cargados de vino y de témpanos de tiempo que se detienen ante la serenidad de la noche. Oh, se escucha un aire sutil, un soplido del viento, un murmullo de la madrugada y, aquí, justo en el precipicio, se termina de taladrar el tiempo. Las palabras vuelven a dormir.

Yo-Yo Ma - Bach: Cello Suite No. 1 in G Major, Prélude (Official Video)

El vídeo es sublime y por eso lo comparto. Si hay alguien por aquí que haya llegado sin querer al blog, le pido por favor que lo disfrute. 



La flor rosa



Una gota de adrenalina cae en un vaso de agua y se diluye dando un soplo de luz a la imagen. En la imagen crece, como si se tratara de una expectativa, a su vez otra imagen, apoltronada en su cabeza, de quien contempla esta imagen en donde ya hay un vaso de agua además de una flor rosa. De la gota y de la adrenalina y de la imagen en simiente, que yace en la cabeza de quien observa, ha nacido esta flor. La flor es entonces producto del agua y de la tinta, una tinta nerviosa en este caso, una tinta que nace de las prisas, o de las carreras y el éxtasis, del tener que andar corriendo por aquí y por allá para poder tener tiempo a poder decir algo. Pero de un algo que jamás habría sido dicho sin la imagen. Contra eso otro que jamás habría sido dicho sin su no-ella.
A veces el tiempo es una señal de que no hemos perecido, a veces el tiempo es una señal de el hecho contrario. A veces el tiempo es una representación convencional, de naturaleza incorpórea, en la que capturamos una abstracción que nos parece elusiva y que después nosotros volvemos arbitraria. Una abstracción arbitraria para representar una de las múltiples formas de la sensibilidad y poder dar sentido así a nuestras descripciones. Pero, además, a muchas otras cosas más: el empaque en el que llega envuelto el último libro que hemos encargado, la hora a la que tenemos que acudir a una conferencia que se ofrece en la sala de postgrados, el ritual que tiene nuestro vecino de salir a tirar la basura todas las mañanas, el paso de los días, la hora a la que llega un autobús a la parada, el momento en el que una estrella cruza esta bóveda y no otra, el ladrido de los perros, el agua que cae desde las cáscadas, el inabarcable abismo de un despeñadero, la sombra, la risa, el aire.




Una nota sobre la esperanza

No hay un tiempo único para ser sí mismo porque la gente todo el tiempo está siendo sí misma. Si no se es sí mismo de manera espectacular o pornográfica, al menos se es sí mismo como parte de nuestro propio monólogo interior. Entonces, si hay alguien que cree que hay una fecha de caducidad para llevar a cabo una acción o para ser alguien, esa persona expresa en dicho acto una de las diferentes trabas que para actuar se suelen poner los seres humanos a sí mismos.

O más bien, para justificar que no actúan, para justificar su inacción o su falta de acción.

Tal vez porque, en el fondo, el que lo cotidiano fluya sin contratiempos nos justifica y nos hace sentir mejores.

Ser normal es algo así como la aspiración más habitual que todo ser humano posee aun a costa de la propia integridad mental. De hecho, pensar que hay un tiempo debido para actuar es un pensamiento cristiano, que bordea con la conciencia culpígena y nos impone barreras para desempeñarnos; es asimismo un paradigma que nos endilga absurdas, rimbombantes e innecesarias ataduras y un reloj que en sí mismo no debería de existir y que debiera por ende de ser desechado de nuestro marco de pensamiento sin cortapisas.

Siempre hay tiempo para la redención, porque lo que nos importa al redimirnos no es complacer a tal o cual figura.

La redención no tiene que ver con algo que sea éticamente necesario, sino con algo que es espiritualmente impostergable.

La redención, desde mi punto de vista, es algo muy orgánico, algo que nuestros cuerpos piden. Algo, también, que nuestra propia esperanza redentora moldea.

La redención es una producción de la esperanza. La esperanza finalmente es una fuerza. Una fuerza que quienes estamos vivos y que construimos cada día con nuestras pusilánimes acciones — aun en este boscoso valle de lágrimas al que de una u otra manera nos hallamos o nos sentimos unidos — producimos de forma incesante a lo largo de nuestras vidas para proyectar hacia el exterior como parte de nuestras funciones corporales más vitales.

La producción de esperanza es una función fisiológica como cualquier otra que el organismo cumpla. La autorredención lo es también. Se le puede equiparar a la necesidad de abrir los ojos al amanecer para iniciar nuestras actividades o al acto de expulsar una tos si se siente una flema en la garganta o un reflujo.

De un bucle


Tránsito en Espiral, 1962.
Empezando el camino de regreso, ese que hace mucho sabías que habrías de transitar algún día, ese en el que contextos no extraños ni desconocidos se unen en un mismo punto o en una misma señalización para ceder lugar a la desolación y a la imperturbabilidad, una suerte de aturdimiento.

¿Y quién habría de saber que ibas a estar tú allí para atestiguarlo?

Nadie, salvo la nada misma. Nadie, más que tú, que lo has sabido siempre y lo has intuido.

¿Y quién te dijo que iba a ser fácil, sencillo o simple? ¿Sin zigzagueos, ni desviaciones ni quimeras no aburridas?

El retorno es siempre nuestro más anhelado proyecto, aunque no lo sospechemos nunca.

Nacemos, morimos y respiramos para él, para su consecución, para la ejecución minuciosa de cada una de las notas en su partitura.

No es que sin él no haya algo, es que su posibilidad es la condición inexpugnable para que lo haya todo. El to-do, ¿me explico?

Pequeños pasquines imaginarios en donde ves las condecoraciones burdas de tu anhelo. Interno, intrínseco a ti, mesmerilado — fusión de dos palabras que se enquistan en tu estómago para dar pie al no silencio — .

Y allí está, justo en tu amanecer, en este nuevo amanecer sin bultos muertos. 

Música, poesía, lenguaje, los seres que amas, cientos de atardeceres y, como lo habrán de imaginar ya todos, tus formalismos. Tus formalismos, tus formalismos, tus formalismos…

Los días

Una hoja en blanco, una simple hoja en blanco en medio de un lugar que es también blanco y en donde no hay ruido, o un ruido endógeno e inaudible para los de afuera. Alguien porta unos audífonos de hecho, parado frente a su hoja en blanco. O sentado.
 

Algunos hojas secas regadas en el piso, otras hojas caen, el viento sopla y barre las banquetas, la calle, los pavimentos.
 

Algunas hojas se quedan prendidas a su escenario, a su árbol, debajo de su animal ovíparo que las devora y se aclimata en ellas.
 

Aunque en el fondo hay siempre un fondo prismacolor y una mirada que vaga como fantasmita observándolo todo. Cree que los animales también saludan y sienten las presencias cálidas y gentiles. Entonces el blanco lo cubre todo otra vez y la conciencia y los días se pierden sin que haya una resolución final.

Ucronía

Le Léthé


like a poem in the dark—escaped back to Oblivion.
—Allen Ginsberg, Kaddish.

Viens sur mon coeur, âme cruelle et sourde,
Tigre adoré, monstre aux airs indolents;
Je veux longtemps plonger mes doigts tremblants
Dans l'épaisseur de ta crinière lourde;

Dans tes jupons remplis de ton parfum
Ensevelir ma tête endolorie,
Et respirer, comme une fleur flétrie,
Le doux relent de mon amour défunt.

Je veux dormir! dormir plutôt que vivre!
Dans un sommeil aussi doux que la mort,
J'étalerai mes baisers sans remords
Sur ton beau corps poli comme le cuivre.

Pour engloutir mes sanglots apaisés
Rien ne me vaut l'abîme de ta couche;
L'oubli puissant habite sur ta bouche,
Et le Léthé coule dans tes baisers.

À mon destin, désormais mon délice,
J'obéirai comme un prédestiné;
Martyr docile, innocent condamné,
Dont la ferveur attise le supplice,

Je sucerai, pour noyer ma rancoeur,
Le népenthès et la bonne ciguë
Aux bouts charmants de cette gorge aiguë
Qui n'a jamais emprisonné de coeur.

— Charles Baudelaire


Sylvia Plath: Interview

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