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Un lateral-abismo

Yo no siento que haya una pared por la que pueda escalar, de hecho, siento un abismo, un abismo, sin embargo, que se extiende a mis lados. No, no un abismo debajo de mis pies al cual yo pueda observar mientras asciendo por alguna torre, sino un abismo lateral que expande de alguna manera mi percepción de las cosas al infinito. Así, el abismo real, estaría cerrado —sería como una pared que me porta— y el abismo irreal (irreal entrecomillas porque en mi mundo es perfectamente real) me acompañaría a todas partes como lentes, o catalejos, o microscopio que hace un zoom al revés y todo lo agranda, a todas partes. Me sería imposible, entonces, acercarme mucho a las personas, habría siempre una vecindad sobre la cual se extiende este abismo por el cual, la gente, tendría que acercarse a mí con formas tubulares para comunicarse conmigo, formas para hacer pasar el sonido y gritar cosas como, ¡¿cómo estás?!, ¡¿todo bien allí?!, aunque no nos comunicamos mucho contigo, nos importas y te vemos y estamos al tanto de ti. Entonces yo los vería con mis ojos agrandados y algo perturbada; no, más bien perpleja y contestaría, sí, todo bien, solo háganme pasar por sus catalejos alguna charola de comida, por favor, que tengo muchísima hambre y los de door dash no me han traído nada en días. Después continuaría con mis trabajos y me habría habituado en tal forma a este abismo lateral que dormiría plácidamente en mi cama, emitiendo quizá hasta un sonido perentorio poco descriptible, sin ni siquiera ser consciente de que en realidad duermo en un abismo. Un abismo que es blanco, por cierto. Un abismo, también, que tiene paredes de vidrio por las que es posible observar las cosas y ser observada. Un abismo que me hace ver lejos y cerca de las personas. Un abismo que es como diez años luz de distancia para recorrerlo o salir de él. Y nada, suena raro, pero yo estoy dentro de este abismo.

En el intervalo de un atardecer y su zoom

A veces el tiempo es una señal de que no hemos perecido, a veces el tiempo es una señal de el hecho contrario. A veces el tiempo es una representación convencional, de naturaleza incorpórea, en la que capturamos una abstracción que nos parece elusiva y que después nosotros volvemos arbitraria. Una abstracción arbitraria para representar una de las múltiples formas de la sensibilidad y poder dar sentido así a nuestras descripciones. Pero, además, a muchas otras cosas más: el empaque en el que llega envuelto el último libro que hemos encargado, la hora a la que tenemos que acudir a una conferencia que se ofrece en la sala de postgrados, el ritual que tiene nuestro vecino de salir a tirar la basura todas las mañanas, el paso de los días, la hora a la que llega un autobús a la parada, el momento en el que una estrella cruza esta bóveda y no otra, el ladrido de los perros, el agua que cae desde las cáscadas, el inabarcable abismo de un despeñadero, la sombra, la risa, el aire.




Una nota sobre la esperanza

No hay un tiempo único para ser sí mismo porque la gente todo el tiempo está siendo sí misma. Si no se es sí mismo de manera espectacular o pornográfica, al menos se es sí mismo como parte de nuestro propio monólogo interior. Entonces, si hay alguien que cree que hay una fecha de caducidad para llevar a cabo una acción o para ser alguien, esa persona expresa en dicho acto una de las diferentes trabas que para actuar se suelen poner los seres humanos a sí mismos.

O más bien, para justificar que no actúan, para justificar su inacción o su falta de acción.

Tal vez porque, en el fondo, el que lo cotidiano fluya sin contratiempos nos justifica y nos hace sentir mejores.

Ser normal es algo así como la aspiración más habitual que todo ser humano posee aun a costa de la propia integridad mental. De hecho, pensar que hay un tiempo debido para actuar es un pensamiento cristiano, que bordea con la conciencia culpígena y nos impone barreras para desempeñarnos; es asimismo un paradigma que nos endilga absurdas, rimbombantes e innecesarias ataduras y un reloj que en sí mismo no debería de existir y que debiera por ende de ser desechado de nuestro marco de pensamiento sin cortapisas.

Siempre hay tiempo para la redención, porque lo que nos importa al redimirnos no es complacer a tal o cual figura.

La redención no tiene que ver con algo que sea éticamente necesario, sino con algo que es espiritualmente impostergable.

La redención, desde mi punto de vista, es algo muy orgánico, algo que nuestros cuerpos piden. Algo, también, que nuestra propia esperanza redentora moldea.

La redención es una producción de la esperanza. La esperanza finalmente es una fuerza. Una fuerza que quienes estamos vivos y que construimos cada día con nuestras pusilánimes acciones — aun en este boscoso valle de lágrimas al que de una u otra manera nos hallamos o nos sentimos unidos — producimos de forma incesante a lo largo de nuestras vidas para proyectar hacia el exterior como parte de nuestras funciones corporales más vitales.

La producción de esperanza es una función fisiológica como cualquier otra que el organismo cumpla. La autorredención lo es también. Se le puede equiparar a la necesidad de abrir los ojos al amanecer para iniciar nuestras actividades o al acto de expulsar una tos si se siente una flema en la garganta o un reflujo.

Los días

Una hoja en blanco, una simple hoja en blanco en medio de un lugar que es también blanco y en donde no hay ruido, o un ruido endógeno e inaudible para los de afuera. Alguien porta unos audífonos de hecho, parado frente a su hoja en blanco. O sentado.
 

Algunos hojas secas regadas en el piso, otras hojas caen, el viento sopla y barre las banquetas, la calle, los pavimentos.
 

Algunas hojas se quedan prendidas a su escenario, a su árbol, debajo de su animal ovíparo que las devora y se aclimata en ellas.
 

Aunque en el fondo hay siempre un fondo prismacolor y una mirada que vaga como fantasmita observándolo todo. Cree que los animales también saludan y sienten las presencias cálidas y gentiles. Entonces el blanco lo cubre todo otra vez y la conciencia y los días se pierden sin que haya una resolución final.

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