«Paradiso perduto»

Solo puede ser eternamente deseado algo que no pueda ser enteramente satisfecho. 

Volente insatisfecho, Sísifo lo sabe: el amor es quimera y carece de temporalidad. La «cosa en sí» ya no es la voluntad exaltada del alarido schopenhaueriano: hay en la pasión y su ternura un absoluto: noúmeno, paraíso perdido.

La imposible sonata. Absurda, ¡real! [J. S. Bach / Tenenbaum / Kapp].


Sobre la culpa

Hay quienes educados bajo el yugo cristiano, necesitan emanciparse del vocablo «culpa». Pero opino que si la emancipación ocurre antes, es indistinto llamarle culpa o no. En todo caso, pienso en una culpa laica (sin la penitencia y el remordimiento eterno, y sí con la responsabilidad) y ya es irrelevante llamarle así o de otra manera. Pero como en esto no hay un criterio homogéneo, y parece que «culpa» todavía aparece recubierta de su indumentaria mistérica, entonces decido sustituir su significante —el de «culpa»—, con los de autorreflexión y de responsabilidad.

La autorreflexión y la responsabilidad, son la forma humana de la justicia. O mejor, son nuestra humana justicia.

Fazil Say: Melancholy

MELODÍA: Say Violin Sonata: V. Melancholy
INTÉRPRETES: Patricia Kopatchinskaja (violin) & Fazil Say (piano)
ÁLBUM: Beethoven | Ravel | Bartók | Say

ACTUALIZACIÓN SEGUNDA: Contra el fanatismo — Amos Oz

Voy a intentar ensayar la reseña de un libro en las siguientes líneas; el asunto se torna complicado por abordar el texto un tópico del que ya tengo opinión formada. Comoquiera, trataré de objetivar la narración de su autor cuanto me sea posible, aunque sin dejar de ir acotando (subjetivamente) dichas opiniones y el contenido del texto.

Este texto lo había intentado hacer ya, hace un par de meses —texto de moda del conflicto arabeisraelí por tratarse de un candidato a Nóbel, por lo demás—, pero no pude sino hasta ayer sofocar mis prejuicios y retomarlo después de un primer intento, que había resultado en abandono. [Como en todo, hay libros a los que se les honra más abandonándolos, si uno no está en esa disposición para entenderlos, que leyéndolos con obligación]. Pero justamente el día de ayer, me vino el recuerdo de aquella lectura inconclusa y, con ello, la resaca moral por un libro probablemente víctima de mi incomprensión —pensé—. Sin embargo, aclaro, el conflicto ético por mi abandono resultó tener menos peso que la molestia intelectual-narcisista de saberme con un libro incompleto (yo me voy a ir a la tumba de culpas intelectuales) a la hora de decidir terminarlo.

Hay que en primer lugar decir que este no es un libro para quien quiera informarse sobre el conflicto*; si acaso es un libro para quien busque confirmación de lo que ya cree, si es que eso que cree es: A) Que el derecho de Israel a la conformación de un Estado en tierras palestinas es inobjetable y/o B) Que es el mismo derecho de Palestina. Por lo demás, a esta opinión la llamaré “opinión conservadora” sobre el asunto. Se trata, pues, de la opinión subjetivísima de un literato —la de Amos Oz—, pero, además, de un literato sincero con sus intenciones desde el principio de la lectura, pues no pretende que su opinión sea algo distinto a lo que el producto de sus experiencias vitales y literarias, como israelí, puedan aportar a la discusión. Sobre este punto, Amos Oz lanza una advertencia a lo largo del libro: la visión de los hechos como relativa a las personas, los grupos, las circunstancias, como la necesidad de comprenderlos desde este enfoque topográfico. Tampoco es que el autor pugne por un relativismo férreo, “no estoy predicando un relativismo moral total”, dice, pero sin duda la reivindicación es muy explícita: fue por un baño de relativismo, como él le llama, que el autor habría finalmente de abandonar el  fanatismo chovinista-sionista de su primera infancia
y de su época.

¿Por qué abandoné la lectura del libro hace un par de meses? En primer lugar, porque me parecía que su caracterización del fanático era incorrecta; en segundo, por reducir un conflicto de magnitudes políticas a uno de magnitudes psicológicas y, en tercero, porque el recurso a la historia en la narración era precisamente eso, relativista dolorosamente. En mi opinión, una componente primordial de la llamada experiencia religiosa
que yo misma desconozco es la fe; y esta misma componente trasladada a psicología de masas, se convierte en fanatismo: fe ciega, obnubilación, tabú y dogma. De manera que, sin tener la totalidad del libro para mí digerida, mi primer veredicto a priori del mismo fue: se vuelve a simplificar el conflicto, vuelvo a toparme con la misma visión que niega las variables históricas, políticas (y bien actuales) por las que hoy día contamos con un ghetto en Gaza. Estaba muy molesta con el autor y, entonces, lo abandoné. Sin embargo, quiero ser puntual con algo esta vez: Amos Oz niega que se trate de un conflicto religioso, para él es un conflicto de dos derechos enfrentados, y cimentados en la Historia, de los pueblos palestino e israelí: “Volvamos ahora al sombrío papel de los fanáticos y el fanatismo entre Israel y Palestina, entre Israel y gran parte del mundo árabe. El choque entre israelíes y palestinos no es, en esencia, una guerra civil entre dos segmentos de la misma población, del mismo pueblo, de la misma cultura. No es un conflicto interno sino internacional. Afortunadamente. Porque los conflictos internacionales son más fáciles de resolver que los internos, que las guerras religiosas, que las luchas de clases, que las guerras de valores. He dicho más fácil, no fácil. En esencia, la batalla entre judíos israelíes y árabes palestinos no es una guerra religiosa. Aunque los fanáticos de ambos bandos hagan lo imposible por convertirlo en guerra religiosa. Fundamentalmente, no es más que un conflicto territorial sobre la dolorosa cuestión «¿De quién es la tierra?». Es fundamentalmente un conflicto entre derecho y derecho, entre dos reivindicaciones muy convincentes, muy poderosas, sobre el mismo pequeño país”. Termina la cita. ¿Por qué me importa hacer explicita la distinción que Amos Oz también comparte? Porque como había expresado en mi cuenta Twitter (aquí y aquí) en noviembre pasado (cuando ocurre la última invasión cruenta israelí contra territorios asentados), es poco más que ingenuo pretender que sea esta una guerra religiosa para sus orquestadores aun si claramente lo sea para varios de sus protagonistas y damnificados: éste no es un conflicto de religiones. De modo que, y en tanto que afecta a la filosofía política y al análisis político, la conclusión que Oz repentinamente presentaba resultó para mí probatoria de al menos el deseo de Oz de dirimir el conflicto: de ponerlo patas para arriba, diseccionarlo para descubrir qué hay allí dentro y, en suma, ser capaz de verlo con una nueva mirada, una quizá encaminada a su solución. Fue esto lo que me determinó finalmente a continuar con su lectura.

Hecha esta aclaración, paso a reseñar las dos partes principales en que se divide temáticamente el libro: el fanatismo y el conflicto árabe israelí. (Hay una tercera parte, sobre todo rica para quienes se dedican o quieran dedicarse a la escritura, pues dicha sección está destinada a contar la experiencia, la dichosa experiencia del autor en tanto hacedor de fantasías por la escritura y cómo le ha servido de purgante para la asimilación de su conformación jerosolimitana).

I. EL FANATISMO

El del fanatismo es un tema clásico y objeto de ingentes discusiones. En el fondo, todos más o menos tenemos una definición del concepto, con el agravante de que suele utilizarse más como forma exprés y descalificatoria de cualquier disertación adversaria, que como medida de nuestras propias asunciones en política. Y aunque, en mi opinión, se trata de un fenómeno psicológico y subjetivo, es al mismo tiempo un hecho objetivamente determinado. Por eso precisamente, es que me resulta incomprensible la opinión de Oz en este punto. Porque él sabe muy bien qué es ser fanático, pero pareciera que se le escaparan —o no quisiera afrontarlas— todas las causas del fanatismo. El fanatismo está ineludiblemente ligado al poder y al miedo. No hay fanáticos allí donde no hay ni temor ni una voluntad de poder o bien oprimida, o bien en ascenso. Las religiones monoteístas, judía y cristiana, no habrían significado la revuelta que significaron de hecho en el mundo antiguo, de no haberse constituido en espacios políticos. En su ensayo Moisés y la Religión monoteísta, Sigmund Freud conjetura sobre el posible origen egipcio de la doctrina mosaica 
continuación de la primera religión monoteísta importante del mundo antiguo del dios Ikhanaton y, al margen de haberla concebido como expresión neurótica de los hijos del padre de la primera horda, debida a los traumas infligidos por éste, allá en la protohistoria y su totemización, etcétera, hay al tiempo el reconocimiento de una conformación nacional israelí, inseparable de su religión. Toda religión es una expresión política y cuantos más fanáticos tengamos de nuestro culto, mayor será el blindaje de nuestros intereses por dicha religión reconocidos. A pesar de ello, el fanático en Amos Oz, pareciera ser una criatura salida de la noche, cocida al calor de la imaginación humana, libre de necesidades y a la que, por tanto, hay que erradicar. Ya no hay que preguntarnos por qué el fanático existe —existe y punto—, ahora, hay que luchar unidos contra su existencia. “Desgraciadamente —dice Amos Oz— el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera”. Pero esto es parcialmente cierto: la componente existe, pero no surge ex nihilo; la componente existe, pero no con esa fatalidad. La Intifada judía y el fanatismo por Jerusalén, con los que es muy crítico el autor, alcanzan su punto álgido a fines del XIX, con el surgimiento del movimiento nacional sionista. Es decir, por causa de un movimiento político, resurge una convicción fanática olvidada.

En esta misma sección, Amos Oz también formula lo que él llama la típica reivindicación fanática: “si pienso que algo es malo, lo aniquilo junto a todo lo que le rodea”. Y es aquí donde pienso que Amos Oz se equivoca, porque yo diría: no si pienso que algo sea malo, sino si pienso que algo es, y precisamente a causa de esa manera relativista de contemplar al mundo. La del fanático, es justamente la expresión exacerbada del relativista, aquella postura defendida por nuestro autor. Al fanático lo tienen sin cuidado la maldad o bondad objetivamente fundadas, el criterio ético de sus opiniones es, sencillamente, el criterio ético favorecedor de sus creencias. Él mismo lo dice, contamos con hordas ingentes de fanáticos del antifanatismo, por ejemplo.

Sin embargo, como manual del fanatismo, creo que su libro abunda en señalamientos muy atinados. Inevitablemente, por ejemplo, me llevó a recordar a la nueva casta de sacerdotes del Pacto por México en la siguiente cita y a la siempre perenne y renovable casta de cualquier clase de dogmas que en forma permanente nos convierte a todos en sus potenciales miembros. Dice Oz: “El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. De tu fe o de tu carencia de fe”, etcétera. Una caracterización peligrosa, ¿cómo objetivamente aplicarla? La respuesta de Oz es: con el acuerdo, con la negociación. No, no vamos a combatir las verdades relativas de cada uno, vamos a hacerlas conciliar con las de los demás; es decir, vamos a tener que aceptar, dice el autor, lo que (desde mi punto de vista), es la verdadera causa del fanatismo: el relativismo, el todo se vale.  Y, acoto, amén de que me desagrade su solución, admito que no por eso deja de ser una solución absolutamente.

Cierro esta parte de la reseña, con esta reflexión final de esa misma parte del libro (es bella):

“Ningún hombre es una isla, dice John Donne. Me atrevo humildemente a añadir a esta maravillosa sentencia que ningún hombre ni ninguna mujer es una isla, pero que cada uno de nosotros es una península, con una mitad unidad a tierra firme y la otra mirando al océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo, y al lenguaje y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando al océano. Pienso que nos deberían dejar ser penínsulas. Todo sistema político y social que nos convierte a cada uno de nosotros en una isla darwiniana y al resto de la humanidad en enemigo o rival, es una monstruosidad. Pero al mismo tiempo, todo sistema ideológico, político y social que quiere convertirnos sólo en moléculas del continente también lo es. La condición de península constituye la propia condición humana”.

Me pregunto, ¿Amos Oz, alcanzará a vislumbrar que las naciones capitalistas-imperialistas —Israel, entre una de ellas— vedan selectivamente la condición de penínsulas a varios, obligándolos a ser moléculas indiferenciadas del continente?

II. EL CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ

La propuesta central de Amos Oz al conflicto es: renunciar a ser partidario de alguno de los bandos en disputa y, como si de esto emanara mágicamente un ‘ergo’, encaminarse a la paz. Sí, como si la neutralidad, como si el olvido y la desmemoria —de los hechos acaecidos a partir de 1947, que no de la historia antigua de Israel y Palestina— trajera la paz instantáneamente. Como si solo valiera olvidar la historia de horror de que tiene registro nuestro escritor —porque es su memoria, porque es su testimonio, porque él lo sabe y lo ha vivido— y ninguna otra cosa pudiera borrarse. Israel, que se ha negado en definitiva a abandonar la memoria del Holocausto pide, sin embargo, olvidar la ilegal ocupación de tierras palestinas, y esta petición parece ser la de Amos Oz también, la petición (relativista) de un literato ora sí memorioso, ora no.

Como historia personal, como subjetividad, su petición es legítima y la comprendo; no así en la historia de ambos pueblos. La gente honesta israelí no se puede merecer este engaño. Si el que la conexión histórica de un pueblo con una tierra de la que se exilió hace varios años, tiene por fundamento un mito bíblico, es ya la causa de un nacionalismo fundamentalista inadmisible —en parte, la causa del sionismo—, el que el pueblo israelí lleve siglos de persecución en Europa, víctima de los pogromos recientemente, y que haya sido expulsado de aquel continente por el fascismo, etcétera. El que todo ello haya ocurrido, ¿cómo podría, pregunto, justificar el confinamiento de un pueblo, su hambre, su destierro, su persecución, su desesperanza? ¿No es ésta, en el fondo, la razón que azuza al fanatismo palestino? ¿No es ésta la razón que los convoca a enarbolar esperanzas sobrehumanas?, ¿míticas?, ¿fanáticas? E
l relativismo es un fanatismo.

Termino. 


Hay más qué decir del libro, por ejemplo, sobre lo que parece ser un conocimiento parcial por parte del autor de la historia reciente del hemisferio occidental del mundo (sobre este punto habrá que decir sucintamente: parece que Amos Oz es bastante y comprensiblemente menos sensible a las trapacerías del orden occidental del mundo que de otros órdenes, etcétera), pero creo que ahora estoy cansada para seguir escribiendo; apenas quiero apuntar aquí esta pequeña certidumbre que nos regala el autor en alguna parte de la lectura:  

“Traición no es lo contrario de amor; es una de sus opciones”

*Un libro que a mí me sirvió, muy neutral y sobreabundante en datos sobre la región (a veces al punto de hacerlo algo abstruso), se llama Historia de Palestina de Gudrun Krämer por editorial Siglo XXl, quizá lo recomendaría más para empaparse sobre el conflicto sin tanto sesgo. Acá, una vieja entrada del blog a donde ya había tratado el tema.

All death is death.


Te llevo a cuestas en este caer.

Política o propaganda (revolución o propaganda)

Esto lo saben, en primer lugar, quienes se dedican a fabricar propaganda y quienes se dedican al terrorismo de masas. Pero hay dichosamente otra clase de sujetos que también lo sabe y que lo hacen valedero en la práctica:

«El carácter performativo de toda nominación es la precondición para toda hegemonía y toda política». 

—Ernesto Laclau

«Oscilación»

En vano buscas tu modelo entre los restantes seres: de los que fueron más lejos que tú, no has aprovechado más que su aspecto comprometedor y dañoso: del sabio, la pereza; del santo, la incoherencia; del esteta, la acritud; del poeta, la desvergüenza —y de todos, el desacuerdo consigo mismos, el equívoco en las cosas cotidianas y el odio de lo que vive sólo por vivir—. Puro, tienes nostalgia de la basura; sórdido, del pudor; soñador, de la brutalidad. Nunca serás más que lo que no eres, y la tristeza de ser lo que eres. ¿Qué contrastes empaparon tu sustancia y qué genio mestizo presidió tu confinamiento en el mundo? El encarnizamiento en disminuirte te hizo adoptar el apetito de caída de los otros: de tal músico, tal enfermedad; de tal profeta, tal tara; y de las mujeres —poetas, libertinas o santas— su melancolía, su savia alterada, su corrupción de carne y de ensueño. La amargura, principio de tu determinación, tu modo de actuar y de comprender, es el único punto fijo en tu oscilación entre el asco del mundo y la piedad por ti mismo. 

BREVIARIO DE PODREDUMBRE, E. M. Cioran.

Russell on Nietzsche's [1/2]

Hace unos días topé con este vídeo a donde puede leerse una opinión sobre Nietzsche en voz de Bertrand Russell; llamó mi atención porque reproduce lo que intenta ser una crítica pero que, claramente, termina siendo una crítica empobrecida al mutilar partes medulares del texto del que ha sido extraída. Como es una de esas prácticas en donde la falsa neutralidad de la crítica se delata por sí misma, no me fue difícil advertir que forma parte de un texto del que tengo la fortuna de poseer una copia. De manera que ahora quiero transcribir unas partes completas de dicho texto aquí en el blog. Considero que los párrafos así leídos dan prueba por fin de una crítica coherente —y válida en algunos de sus puntos— a la obra de Nietzsche por parte del filósofo inglés. Quizá no esté de más decir que si bien aprecio el parecer de Russell sobre Nietzsche, rehúso a combatir con sus opiniones, puesto que yo misma he venido elaborando mi propia lectura crítica del filósofo alemán —de la que he publicado solamente indicios aquí en el blog (o aquí)—. 

El último brevísimo párrafo de los que aquí transcribo, es el único que tiene alguna coincidencia con parte de mi propia interpretación de la filosofía nietzscheana.

«Nietzsche regarded himself, rightly, as the successor of Schopenhauer, to whom, whoever, he is superior in many ways, particularly in the consistency and coherence of his doctrine. Schopenhauer’s oriental ethic of renunciation seems out of harmony with his metaphysics of the omnipotence of will; in Nietzsche, the will has ethical as well metaphysical primacy. Nietzsche, though a professor, was a literary rather than an academic philosopher. He invented no new technical theories in ontology or epistemology; his importance is primarily in ethics, and secondarily as an acute historical critic».

The History of Western Philosophy, Bertrand Russell, Pág. 760.

«He had a passionate admiration for Wagner, but quarreled with him, nominally over Parsifal, which he thought too Christian and too full of renunciation. After the quarrel he criticized Wagner savagely, and even went so far as to accuse him of being a Jew. His general outlook, however, remained very similar to that of Wagner in the Ring; Nietzsche’s superman is very like Siegfried, except that he knows Greek. This may seem odd, but that is not my fault».

Ibíd, Pág. 760.

«He condemns Christian love because he thinks it is an outcome of fear: I am afraid my neighbor may injure me, and so I asure him that I love him. If I were stronger and bolder, I should openly display the contempt for him which of course I feel. [Desde luego, esta interpretación de Russell es desafortunada; él mismo en su ¿Por qué no soy Cristiano? sostiene la tesis del miedo en el mismo sentido que Nietzsche lo hace y cuya interpretación en Russell (ésta) se deduciría casi como corolario de la tesis más general del miedo sostenida por ambos: que Nietzsche la haya llevado más lejos que Russell, es decir, más allá de la antropología —y con menor importancia quizá—, habla de sus dotes de psicólogo, por ejemplo] It does not occur to Nietzsche as possible that a man should genuinely feel universal love, obviously because he himself feels almost universal hatred and fear, which he would fain disguise as lordly indifference. His “noble” man —who is himself in day-dreams— is being wholly devoid of sympathy, ruthless, cunning, cruel, concerned only with his own power. King Lear, in the verge of madness, says:

I will do such things—
What they are yet I know not—but they shall be
The terror of the earth.

This is Nietzsche’s Philosophy in a nutshell».

Ibíd, Pág. 767.

Y esta última, sí relevante: 

«It never occurred to Nietzsche that the lust for power, with which he endows his superman, is itself an outcome of fear». 

Ibíd, Pág. 767.


Charla

Tuve la fortuna de encontrar hace algunos días en este blog una estupenda charla con el filósofo cubano Rubén Zardoya. Son dos hechos, o dos coincidencias, más bien, los que me hicieron terminar fascinada con su disertación y que él allí expone:

1] Contra cierto pensamiento estandarizado, el marxismo o materialismo dialéctico no es un dogma, no es un canon, ni siquiera es una doctrina. Es simplemente un marco categorial muy preciso para el estudio de un sistema de producción concreto.

2] La nitidez con que establece algo que llevo tiempo creyendo que, por lo demás, habla de la liberalidad de su análisis (bien, en mi opinión) y que me atrevo a resumir con las siguientes palabras: no existe a priori ninguna solución definitiva a los problemas de la sociedad capitalista. Aunque desde luego comparta con él la idea de progresivamente alejarnos del capitalismo.

Ahora sí, el vídeo:

Tristan und Isolde

Debo reconocer que le quedó estupendo este especial sobre Richard Wagner al diario «El País». Lo he estado revisando desde la semana antepasada sin terminar. Lo recomiendo sobre todo para quienes comparten el gusto por la música. 


Diría que mi referente expedito sobre Ricardo Wagner es, por supuesto, Friedrich Nietzsche. E igual que a todo temperamento melancólico, el Tristán e Isolda me conmueve. Por lo demás, no creo ser tan wagneriana.

Ésta de Nietzsche sobre Wagner, incluida en la infografía:

«Aparentemente uno piensa que toda música debe salir de golpe de las paredes y sacudir al oyente en lo más hondo. Sólo entonces se considera la música efectiva. ¿Pero en quién se logran tales efectos? En aquellos a los que un artista noble nunca debe impresionar; en la masa, en los inmaduros, en los hastiados, en los enfermos, en los idiotas, ¡en los wagnerianos!». —F. W. Nietzsche

Que la ópera encarna el espíritu de la cultura socrática, así lo creí con él. (Adorable ese Nietzsche, menos irracionalista, más filósofo, más filólogo y lleno de lirismo). Y cada que escucho esta pieza transmuto a uno de esos idiotas wagnerianos que Nietzsche dice.


Daniel Barenboim a la orquesta.

El discurso de la irrealidad de Javier Sicilia

Por supuesto, como expuse hace unos meses aquí en el blog en un texto al que intitulé Autogobierno, no suscribo el anarquismo. Pero a lo que no doy cabida es a este texto de Javier Sicilia pretendiendo que sea el pueblo quien deba sostener el orden roto por el Estado. Le guste o no a Sicilia, le agrade o no el mentado Bakunin —o a quien quiera él citar—, existen las revoluciones. Y en este país se ha expoliado en suficiencia al pueblo como para estar cerca de una revolución o de una insurrección civil importante. Estos señores, todavía se ponen a invocar la cultura y la civilización como si fueran pruebas irrefutables de nuestra progresía. Ignoran categóricamente la barbarie, ignoran categóricamente la opresión que se vive; quieren que sus monumentos sagrados (como si en unos siglos no fueran a quedar todos derruidos e irreconocibles), se erijan como pruebas incontrovertibles de nuestra evolución por más que todos los hechos denuncien lo contrario. 

Siempre es posible encontrar a algún teórico para sostener una idea. Por eso me parece peligroso citar todo el tiempo a otros para decir lo que se piensa, como si no se tuviera el valor de decirlo sin protectores o como si se negara la realidad misma. Estoy de acuerdo con él, el anarquismo contiene implícitas unas asunciones de carácter ético sin las que, en última instancia, no sería posible su articulación, pero ¿no es acaso eso la más pura irrealidad en México? ¿Cuál ética goza aquí de qué privanza? Ninguna que no sea la ética del saqueo, del pillaje, del nepotismo, del compadrazgo, del dinero. ¿De qué mundo está hablando Javier Sicilia?

Es odioso comprobar que los analistas de prensa de nuestro país renuncien a sus ideas con tal de hacer embonar un discurso famélico —e irreal— con el discurso opresor del Estado.

Nietzsche y las filosofías


« ...la vida se pone enferma a causa de este engranaje y de este mecanismo deshumanizado, de la "impersonalidad" del trabajador, de la falsa economía de la "división del trabajo"». —Friedrich Nietzsche**

Qué difícil es encuadrar en una filosofía a Nietzsche. A veces parece haber en él todas las filosofías. Aunque justamente por esta falta de sistema en su filosofía —por este filosofar tan desbordado—, se encuentran todas las contradicciones en sus textos, todas las negaciones. En su filosofar se halla ya la previsión contra el sistema, contra el idealismo alemán que tanto despreció: se filosofa por y para la vida y como la vida es contradicción pura (dialéctica), la filosofía de un filósofo ha de moverse a este ritmo vital: latir en ella viva todos sus reveses, todos sus echar para adelante y luego retroceder. La filosofía que se abraza a la vida con el pathos del hombre por delante; con el ethos del hombre que se adapta al pathos, en contradicción con aquella visión racionalista supresora de instintos —como él afirmaba—, contra la cual filosofaba.

La filosofía nietzscheana no es irracionalismo propiamente —y en ello reside su debilidad—, sino antirracionalismo. Actuó como reacción, como una reacción contra algunas de las ideas más aberrantes de la Ilustración (la idea de progreso, la tecnificación de la vida), pero, sobre todo, como reacción al idealismo alemán del que tanto abrevó el luteranismo y con el que coexistió en paralelo en un tiempo, y como reacción al racionalismo de la dogmática escolástica cristiana. 

Visto a la distancia, veo en Nietzsche una filosofía necesaria, una filosofía de la emancipación sobre todo para quienes —¡y estamos en pleno siglo XXI y esto no termina!— hayan sido castrado-educados bajo el signo del cristianismo, de esa extraña versión del cristianismo que solo ha servido para confinar las fuerzas instintuales humanas y alterar así nuestra fisonomía. 

Pero visto a la distancia, también me permito desterrar de mi propia fisonomización de la vida, ciertas aseveraciones nietzscheanas, cierto desprecio por la racionalidad (así a secas) y plantearme lo siguiente: Quién sabe si la capacidad axiológica en sí misma no sea tan natural en la especie —tan animal— como tener el sexo o defecar; solamente que la primera, por su novedad*, esté apenas incorporándose a nuestra naturaleza. Negar nuestra racionalidad no es menos aberrante que negar nuestro ser instintual. (No es una valoración positiva a priori: hasta el momento, la razón no se ha mostrado más eficaz que nuestra animalidad para evitar calamidades que padecemos). Y así, contra Nietzsche (y contra mi pasión por este filósofo) asirme a una visión del hombre que no niegue ni su vitalidad, ni su instinto pulsátil, ni su pathos creador, ni su racionalidad, ni su ethos, ni nada de lo que —por necesidad— la criatura sea: mi versión a modo del «amor fati» nietzscheano.

*Aquí asumo que lo mental, como la biología en sus investigaciones más recientes ha sugerido, constituye una de las adaptaciones biológicas más nuevas de nuestra especie; y —añado— que pareciera ha comenzado una lucha (casi evolutiva) entre la capacidad depredadora de la especie y la capacidad de la especie de pensar sus acciones.
**Esta aseveración, me remitió ineludiblemente al materialismo dialéctico, a pesar de provenir de un filósofo muy probablemente adversario de la lucha de clases. De esta contradicción, desencadenó este pequeño escrito.

Nicola Gradinski

Nicola Gradinski 
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Tomado de: aquí.

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