Serendipia

El semestre pasado –serendipia- me encontré allá en CU un libro intitulado “Serendipia” escrito por Ruy Pérez Tamayo y, cuando lo encontré, no pude más que proferir un ¡serendipia! desde mi fuero interno. Una palabra que una vez que ingresó en mi vocabulario (y sí recuerdo cómo lo hizo) ha sido expulsada –una y otra vez- por mis neuronas –pensemos que ellas lo hacen- hacia mis textos: coloquiales, escritos, monologados.


El libro, más precisamente, se intitula “Serendipia. Ensayos sobre ciencia, medicina y otros sueños” y si bien el mero título reducido a la susodicha palabra habría bastado para adquirir el libro, el subtítulo fue ese plus, ese último empujoncito que me decidió a comprarlo. Habría querido desde entonces dedicar un post a esta minucia mía, pero la avalancha de acontecimientos –esos que se hacen meritorios de un post en “la ciudad”- no me lo habían permitido. Esta tarde, en la que particularmente me hallo repleta de faenas, compromisos y demás, quiero –sin embargo- abrir un corchete temporal y mecanografiar esa parte del libro en la que, con ciencia (so to speak), se nos explica el origen y significado del término. Yo a estas cosas les encuentro gran valor no sólo por mi arrobo ante eso que me ha dado por llamar “multiplicidades”, sino porque el confrontamiento con las palabras, con los términos, con la lengua –creo- nos ofrece de todo un caudal de material para, ¡ah!, montón de cosas…


Aquí voy:


“La palabra serendipia no aparece en el Diccionario de la Real Academia Española. Esto no es de extrañar en vista de que el término fue acuñado apenas hace 221 años, y ya sabemos que la Real Academia Española se toma su tiempo para aceptar nuevas palabras: las cosas en palacio, van despacio. La palabra serendipia significa: “La capacidad de hacer descubrimientos por accidente y sagacidad, cuando se está buscando otra cosa”. A primera vista, serendipia parece querer decir lo mismo que “chiripa”, pero como este último término sí se encuentra en el Diccionario de la Real Academia Española, ahí vemos su significado: “En el juego de billar, suerte favorable que se gana por casualidad. 2. Fig. y fam. Casualidad favorable”. Serendipia y chiripa comparten el elemento casual, de accidente, pero mientras serendipia requiere además sagacidad, lo que no se menciona en la chiripa, serendipia no se refiere a que la suerte sea favorable, mientras que esa característica forma parte esencial de la chiripa. Los puristas señalarían otra diferencia más entre los dos términos: serendipia es una facultad o capacidad del individuo mientras chiripa es el hecho que acontece.


La palabra serendipia fue inventada por un personaje interesante, de quien conviene decir unas cuantas palabras. Se trata de Horacio Walpole un escritor, crítico de arte y político ocasional inglés, que vivió de 1717 a 1791 en Strawberry Hill, hoy en las afueras de Londres y propiedad del Colegio St. Mary, en Twickenham.”


Hasta aquí la transcripción.


Bueno, en el libro se nos sigue narrando algo de la biografía de Horace Walpole (por cierto, debe ser el Horace Walpole que escribió la que es considerada la primera novela gótica, es decir, “El Castillo de Otranto” libro que, quizá, merecería de mi parte otro post a no ser que –como lo he dicho- ni poseo la autoridad para parlar aquí de literatura pues, aunque leí el libro, no haría sino volcar con mi clásico tono de “sabelotodo” lo que es mi mera y llana opinión; y ni tampoco estos menesteres son el único objeto de mi asombro y hay días que ya me voy diciendo: pero es que, como te llames, ya va siendo momento de saques posts sobre otros asuntos (Filosofía y Matemática, por ejemplo). Aunque cabe decir que sí que he escrito posts sobre Filosofía y Matemática, pero que soy tan poco complaciente con lo que escribo al respecto -¿o cómo desafanarme del rigor en estos lares?- que tengo varios textillos escritos, incompletos, que no abandonan la mera categoría de archivo de texto (para mudar a post de blog) debido a veces a verdaderas nimiedades: como que no me gusta una palabra, o debido, otras veces, a asuntos nada menores como: la estructura lógica de mis aseveraciones) y, más adelante, se menciona con concreción en dónde por primera vez Horace utiliza tal término y dice:


Comienza la transcripción:


“El 18 de enero de 1754 Walpole le escribió a Mann una carta para notificarle de la llegada de un retrato de Bianca Capello, una bella cortesana del siglo XVI que llegó a ser duquesa de la Toscana; Walpole había visto el retrato en el Palacio Vitelli, de Florencia, hacía más de 12 años, y le había gustado muchísimo. Horacio Mann estuvo pacientemente en espera de la primera oportunidad para comprarlo; cuando por fin pudo hacerlo, se lo mandó a su amigo como obsequio. Durante un tiempo el retrato se atribuyó a Bronzino, pero posteriormente los conocedores concluyeron que era de Vasari; sin embargo, hoy están seguros de que lo pintó Bronzino. En esa carta hace su aparición por primera vez la palabra que nos ocupa, serendipia.”


Hasta aquí la transcripción.


Entonces, la parte de la carta que se nos enseña en el libro no es tan breve como en estos momentos a mí convendría, y extraigo, entonces, el pedazo en el que particularmente se habla del asunto y cito nada más esa parte:


“Este descubrimiento es casi del tipo que yo llamo serendipia, una palabra muy expresiva, que como no tengo nada mejor que decirte voy a intentar explicártela; la entenderás mejor por derivación que por definición. Una vez leí un cuento tonto llamado Los Tres Príncipes de Serendipo: mientras sus altezas viajaban iban siempre haciendo descubrimientos, por accidentes y sagacidad, de cosas que no estaban buscando; por ejemplo, uno de ellos descubrió que una mula tuerta del ojo derecho había pasado por el mismo camino recientemente, porque el pasto sólo había sido comido en el lado izquierdo, donde era menos bueno que en el lado opuesto ¿entiendes ahora lo que es serendipia?...”


En fin, que la carta sigue y se entera uno de bastantes anécdotas aledañas al siglo XVIII europeo que, acaso en otra ocasión, referiré. Por lo pronto, de eso siguiente sólo destacaré –en congruencia con mi post- la siguiente información adicional sobre la palabra:


1) * * Serendipo es el nombre antiguo de Sri Lanka (Ceylán).


2) * * El cuento “Los Príncipes de Serendipo” es posiblemente de origen hindú.


3) * * En el texto la palabra viene a colación y se conecta con un hecho común y sutil en las ciencias experimentales: algunos de los descubrimientos que han resultado de mayor beneficio para la humanidad (como tal vez el descubrimiento de la penicilina) han ocurrido por serendipia.


Cierro con una elocuente reflexión que Pérez Tamayo nos obsequia en relación a la serendipia en ciencia:


“Para mí, la serendipia fue como una marca de fábrica, como un grito de batalla, como el pelo largo y los “blue jeans” fueron para la generación de mis hijos. Alcanzar el éxito en el trabajo científico, en la investigación biomédica, a través de años de labor ardua y consciente, dirigida en forma inalterable hacia una meta específica y siempre a la vista, parecía ser una forma satisfactoria de invertir la vida. Pero triunfar por uno o más episodios de serendipia era como haber penetrado en un mundo mágico, como disfrutar de la realidad regida por la razón y, además, de otro universo, localizado en dimensiones indefinidas y gobernado por mecanismos irracionales, ilógicos e imposibles, pero al final, deliciosamente reales. Era como correr detrás del Pájaro Azul ¡y alcanzarlo!; era intentar la imposible conquista del paraíso infinito que se encuentra del otro lado del Arcoiris, ¡y conquistarlo! En pocas palabras, era lograr conferir a esta humana existencia y terrenal, ciega e irrelevante, un sentido no de trascendencia pero sí de dignidad, no de grandeza wagneriana pero sí de ingenua y bondadosa relación con nuestros semejantes. La serendipia era la llave para lograr todo esto y muchas cosas más; para, con Russell, “…eliminar todas las aspiraciones de nuestros deseos temporales, para arder con pasión por las cosas eternas…” y emanciparnos de la dictadura de la denigrante realidad cotidiana, de la esclavitud a la moda y a la escala vigente de valores, de la necesidad falsamente imperiosa de igualar las ambiciones más preciosas de nuestro ser más íntimo con las sancionadas oficialmente por la sociedad, a la que por decreto accidental e incontrolable del Destino, nos ha tocado pertenecer como individuos. Todo esto fue, y sigue siendo, la serendipia para mí.”


Fin de la transcripción y fin del post.


La ficha del librito es:


Pérez T. Ruy; SERENDIPIA. Ensayos sobre ciencia, medicina y otros sueños, Siglo XXI Editores, México, 1987 (3ra. Edición).



Sobre un post de Pokama...

Leyendo este post de POKAMA me brotan las siguientes confirmaciones:


1. En verdad que el periodista que difunde estas “informaciones” (actual director editorial de Grupo Editorial Milenio, Carlos Marín) de pronto se convierte en un periodista lleno de odio, falsario e inescrupuloso. Veo no pocos peligros en tal actitud (juzgue el lector cuáles son dichos peligros).


2. ¡Con qué tristeza contemplo el escaparate de los media en México! atiborrado de hombres-esclavos que dicen la noticia a modo de proteger los intereses de sus empleadores. Pero lo más triste de todo es: es la opinión de estos polichinelas del dinero la que se masifica y llega a miles y miles de hogares a través de la TV y otros medios.


3. Estoy convencida de que la primera guerra que tendremos que librar contra este sistema de opresión es la guerra hacia los mass-media. Por allí empieza la libertad (“guerra” aquí quiere decir: frente, resistencia, oposición, etcétera).


4. No hemos alcanzado un superávit en la difusión de estos hechos y no sé si algún día lo alcancemos, por ello es conveniente ensanchar su divulgación -toda vez que es posible o que así se considere- sumándose a ella.



Ut pictura poesis





Melancolía I, Albrecht Dürer



También la poesía...

El siguiente poema de Paul Verlaine no aparece originalmente con este epígrafe. El epígrafe lo he seleccionado yo a partir de la siguiente ficción: que alguien me ha pedido la edición de una antología de sus poemas y que tenemos que timar al lector, haciéndole creer que Verlaine inicia así este poema en particular. Por supuesto, la ucronía es una de mis predilecciones y, por ello, elijo a un poeta posterior, en el tiempo, a Paul Verlaine.


La elección fue hecha con denodado cuidado y esto se corresponde con que me tomo siempre las cosas muy en serio -que me disculpe Monterroso por mi solemnidad. Quizá en ello estriba que la elección ha sido torpe, digna de alguien que estudió ciencia más bien que letras hispánicas o alguna letra de algún país (francesas, inglesas, etcétera).


Todo –por supuesto- es parte de la ucronía, sólo así es admisible la candidez sobre la que descansa este hipotético engaño, sólo así es admisible pensar que un poeta maldito pueda revelar tan científicamente su propia naturaleza. Por cierto, se me apeteció bastante uno debido a Kierkegaard, pero no, siempre no se hizo.


Me dispensarán quienes eventualmente me leen, yo también me armo mis disparates, aun cuando éstos son de naturaleza melancólica (como yo).


Termino.


Este post lo he creado para mí y, si lo comparto, es porque creo que epígrafe y poema, por separados, son magníficos y contienen en sí mismos parte de lo que siento a través de la literatura, esa pasión confusa, extraña que también albergo. Ese diletantismo de tránsfuga.


Yo sí pienso que mi mundo es más de eidos que de otra cosa. Ni hablar, me he resistido, pero siempre retorno y éste es mi paraíso terrenal.




La literatura no es inocente y,
como culpable, tenía que acabar al final por confesarlo.
Solamente la acción tiene los derechos.
La literatura, he intentado demostrarlo lentamente,
es la infancia por fin recuperada.

George Bataille*


Yo soy ese loco que nombrabas,

Yo soy el nuevo Adán que se come al viejo hombre

Tu Roma, tu París, tu Esparta y tu Sodoma…

Como un pobre arrojado entre horribles manjares.



Mi amor es el fuego que devora para siempre toda carne insensata

y la evapora como un perfume.

Y es el diluvio que consume en su onda todo germen que yo sembré

a fin de que un día la cruz donde muero fuera alzada

y que por un milagro espantoso de bondad,

un día vinieras a mí tembloroso y domado.



Ama, sal de tu noche.

Ama. Es mi pensamiento de toda eternidad.

Pobre alma abandonada,

que debieras amarme porque sólo yo he quedado.


Paul Verlaine


* En "La Literatura y el Mal"



Pero recomiendo todo el disco, es fabuloso.







ÁLBUM: La Rêveuse, & autres pièces de viola

ARTISTA: Marin Marais & Sophie Watillon

CANCIÓN: Prélude en harpègement



Lista de canciones del Álbum:


  1. Concert in G minor for 2 equal bass viols No. 48 ("Le raporte"): Chaconne raportee.
  2. Prélude en harpegement, for viola da gamba & continuo in A minor (Pieces de viole, Book V, No. 16).
  3. Suite for viola da gamba & continuo in A minor (Pieces de viole, Book III, Nos. 1-13): Fantaisie.
  4. Suite for viola da gamba & continuo in A minor (Pieces de viole, Book III, Nos. 1-13): Grand Ballet.
  5. Caprice ou Sonate, for viola da gamba & continuo in C major (Pieces de viole, Book IV, No. 73).
  6. Suite for viola da gamba & continuo in A minor (Pieces de viole, Book IV, Nos. 23-32): Muzette.
  7. Couplets de folies (Les folies d'Espagne), for viola da gamba & continuo in D minor (Pieces de viole).
  8. La Reveuse, for viola da gamba & continuo in F minor (Pieces de viole, Book IV, No. 82).
  9. Dialogue, for viola da gamba & continuo in G major (Pieces de viole, Book V, No. 91).
  10. Plainte, for viola da gamba & continuo in D major (Pieces de viole, Book III, No. 55).
  11. Chaconne, for viola da gamba & continuo in G major (Pieces de viole, Book V, No. 83).
  12. Tombeau pour M. de Sainte-Colombe, for viola da gamba & continuo in E minor (Pieces de viole, Book I).

De otra versión de la historia (con minúscula, por lo pronto)

Creo que para hacer un mapeo medianamente veraz de lo que está ocurriendo alrededor del SME y la huelga de hambre y LyFC, etcétera, es necesario conocer las dos versiones de la historia: la oficial, proveniente del gobierno de facto y difundida desde los medios oficialistas (Universal, Reforma, Milenio, etc.) y la versión de los huelguistas –que no de Martín Esparza- que se ha venido divulgando a través de prensa alternativa.


Teniendo el conocimiento de ambas posturas, conociendo también lo que motivó la extinción de la empresa (lo que dicen el gobierno de facto y sus voceros que la motivó y, también, lo que dicen analistas y periodistas opositores desmintiendo la versión oficial), teniendo conocimiento de dichos elementos, se pueda –quizá- formar una opinión más imparcial, menos sesgada de un asunto que, finalmente, en tanto sociedad, concierne de algún modo a todos los que vivimos en la zona centro del país.


Dejo aquí un vídeo con Cayetano Cabrera fijando su posición sobre todas estas maledicencias -lanzadas por los media de siempre- en torno a la huelga de hambre que él y otros miembros del SME llevaron a cabo.



MI EPÍLOGO ( a un simple y nimio post; sí )


Cuando uso términos como "gobierno de facto", "prensa oficialista", "maledicencias", etc. no tengo por finalidad descalificar a tales actores, sino que intento hacer una descripción. No a priori pienso que la prensa es oficialista o que el gobierno es un gobierno de facto o que lo que se dice sobre la huelga de hambre del SME es, en varios de los casos, mera difamación. No siento afección por la defensa de las causas perdidas, tanto como afección por asir nuestra realidad de la manera más imparcial, objetiva y veraz posible. Si nosotros afectamos a la realidad y la distorsionamos con nuestra percepción (en una segunda lectura, es lo que sugieren los relativismos), tal vez ya sólo tenga caso que aquellos cuya percepción sobre la realidad es igual o parecida, se sienten o se junten a perorar sobre sus puntos de vista y que -autocomplacientes- celebren (mos) su afinidad. Yo digo que, si bien éste no sería en lo absoluto un argumento suficiente para rechazar las posiciones relativistas, sí que evidencia la incompletez de las mismas –no encuentro otra palabra- y la necesidad, ergo, de reconocer que existen verdades -locales en muchos casos- que conviene establecer a modo de que el devenir del mundo transcurra más fluidamente. Así, tales grupos podrían disolverse y ya no sólo sería plausible que los que piensan igual o parecido se sienten a perorar, sino que lo hagamos también aquellos que pensamos diverso. La segregación ideológica, ¿a dónde podría llevarnos? La posibilidad de enriquecer nuestras propias perspectivas a través de miradas opuestas, en algunos casos, puede ser tortuosa, pero –en otros- puede llegar a complementarnos de tal manera que uno termina verdaderamente sorprendido y muy a gusto.


Aforismos de metro



Un señor sin pierna yace en los primeros escalones a la salida de los vagones del metro. Voy demasiado inmersa en mis pensamientos y, sin embargo, me detengo a mirarle y a considerar, vagamente, que se trata de un hombre digno que, a pesar de todo, prefiere no pedir limosna: estaba lista a preparar una moneda para dársela. La compasión por los demás, también a mí me asesina.

***

Camino a casa de mi madre, no puedo evitar perder mi mirada en los desolados paisajes industriales que nos ofrece el tren suburbano. Por esos breves instantes siento que no pertenezco a este mundo, mi cuerpo -por la inercia- se transporta con el tren y casas, postes eléctricos, nubes grisáceas, pájaros al vuelo, todo se aproxima a mí. Una infinita añoranza me arroja a considerar que mi espíritu anacrónico –audaz- organizará una sublevación contra mí misma y que pronto abandonaré.

***

Estoy a punto de llegar a mi estación destino y en una de esas curvas el tren zigzaguea lo suficiente como para poder mirar lo que ocurre en el otro vagón. Una escena atrapa a mi mirada de inmediato: un señor de unas siete décadas de vida degustando con sumo placer un vaso de frutas. Lo miro extasiada y directo a los ojos, me corresponde la mirada y –diríase- posa para mí. Sé como lo logra, suspende el tiempo y lo que ocurre alrededor de ese tiempo y ya son sólo él y su vaso con frutas y esa pequeña felicidad que, por fugaz, diríase que es infinita.

***

Entra al vagón, comienza a repartir sus poemas, nos expone los sufrimientos de su pequeño mundo y apenas si alguien le mira. Saco una moneda y se la entrego, al hacerlo, toco la palma de su mano, quiero sentirla y decirle con ese gesto que sé que está vivo, más vivo que nunca (en realidad, la dádiva fue sólo el pretexto para rozar su mano). Me dice que puedo quedarme con la hoja, me rehúso y le miro directamente a los ojos como si fuera la última vez. Una nueva tristeza se encarama en mí.

***

Articular frases, oraciones, palabras o cualquier indicio de razonamiento expresado en lenguaje, está comenzando a provocarme grandes accesos de risa, risa de mí que todavía -ufana- me atrevo a hablar y, por si no fuera suficiente, a exponer “mis argumentos”.

***

Vengo de regreso y pienso en el último billete que traía en el bolso, aquel que gasté para sofocar mi hambre matinal; una que, por lo regular, vive silenciada; pero esta mañana le permití un lujo y le callé la boca con un delicioso manjar de veinte pesos. Entonces cuando llego a casa –mi imperio de soledad- comprendo con horror que tengo que volver a salir para ir por las croquetas de los gatos. Me doy cuenta de que con suma facilidad me acostumbro al encierro y eso no me asusta. Me explico el asunto y quedo complacida –justificarse cosas es lo fácil- con las siguientes palabras de Georg C. Lichtenberg: “En ocasiones paso ocho días sin salir de casa y vivo muy contento. Un arresto domiciliario de la misma duración me enfermaría. Si hay libertad de pensamiento, uno se mueve con ligereza en su círculo; si hay control de pensamiento, aun las ideas permitidas llegan con gesto asustadizo.”

***

Mirar gente en el metro bien podría convertirse en un deporte, pero veo que algunos –los espíritus leves- se sienten inhibidos; otros, muestran incomodidad y, quizá, molestia.

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Si enumerara las intrincadas trayectorias de túneles, mazmorras, transbordos tortuosos, esperas interminables de una estación a otra, estampidas contra ejércitos humanos para no quedar atrapada en una estación, golpes sorteados, una que otra mano en el lugar equivocado, sube y baja corriendo de escaleras y, al final, tuviera que decir un número, optaría por declararme incompetente.

***

Hay una estación de metro en la que es agradable parar porque huele a cilantro, cebolla, piña, sandía, flores. Nunca recuerdo su nombre y, en comparación con mis viajes por las líneas verde y azul, diríase que apenas si he estado allí.

***

Cuando vi “Dancer in the Dark” me identifiqué con la protagonista, no por su inagotable capacidad para resistir al sufrimiento (hay quien dice que Selma es una versión moderna y femenina de Jesucristo), sino por su grande capacidad para estar siempre fantaseando, imaginándose cosas, creando diálogos, inventándose mundos, etc. Pues bien, cuando viajo en metro –y en suburbano- me entrego liviana a tal disposición mental; basta con obsequiarme a la contemplación de las ventanas para que den comienzo las fantasías, las teorizaciones, los personajes, las posibilidades –falsables o no- de un mundo que sólo puede existir allí sentada. Lejos de casa, de mi habitual realidad, lejos de todo, los pensamientos sobre lo cotidiano también se neutralizan y queda sólo espacio para la invención. El metrobús, por otra parte, no es útil para tales menesteres por una sencilla razón: esa pantallita plana rodeada de una armazón roja en la que se transmiten vídeos de artistas pop irradia, simplemente, demasiada postmodernidad. No, ante éso, el pensamiento se nulifica, se contrae.

***

Soy una de esas personas transparentes que pueden viajar por metro sin ser vistas. Por cada puerta del metro hacen su entrada triunfal personalidades de diversa figura: los anodinos que -como yo- apenas si son notorios, señoras y señores que vuelven del trabajo o que van a las compras o vienen de alguna parte, los estudiantes que -por la mochila- son siempre inconfundibles, la juventud en vida productiva, la adultez joven en vida productiva, la adultez en vida productiva, la adultez madura en vida productiva, etc., etc. Allí en el metro, carezco de estatuto y yo me siento bien con mi anonimato.

***

En mis sueños apocalípticos –esporádicos, por cierto- las personas tenemos que correr a refugiarnos al metro porque se aproxima un bombardeo. Veo correr a gente -a toda velocidad- por los puentes peatonales en dirección al metro; luego, un tropel de individuos vamos en descenso hacia el subterráneo. Mi sueño termina antes de llegar a la parte más baja. Al despertar, me llega un último remanente del sueño: yace en la atmósfera –lóbrega y derruida- el conocimiento soterrado de toda una vida transcurriendo allá abajo en donde -se sospecha- sediciones de todo tipo están maquinándose para dar fin a la guerra, una guerra sin causa aparente.

"La Pesadilla del Matemático" (B. R.)

LA PESADILLA DEL MATEMÁTICO

(Bertrand Russell)

La visión del profesor Squarepunt


Explicación Preliminar:


Mi recordado amigo el profesor Squarepunt, el eminente matemático, fue durante toda su vida amigo y admirador de sir Arthur Eddington. Sin embargo, existía un punto en las teorías de sir Arthur que siempre turbaba al profesor Squarepunt, y era aquel el poder místico, cósmico, que sir Arthur confería al número 137. Si las propiedades que a dicho número se le suponían hubieran sido meramente aritméticas, no habría surgido dificultad alguna. Pero era, sobre todo en física, donde el 137 mostraba toda su virtualidad, la cual no era desemejante a la atribuida al número 666. Resulta evidente que las conversaciones con sir Arthur influyeron en la pesadilla del profesor Squarepunt.


El matemático, agotado por un día completo de estudio de las teorías de Pitágoras, se durmió finalmente en un sillón, donde un singular drama visitó sus dormidos pensamientos. Los números, en este drama, no eran las inermes categorías que él había considerado previamente, sino seres vivos, con aliento, dotados de todas las pasiones que estaba acostumbrado a comprobar en sus colegas, los matemáticos. En su sueño, se hallaba él en pie en el centro de una infinidad de círculos concéntricos. El primer círculo contenía los números del 1 al 10; el segundo, del 11 al 100; el tercero, del 101 al 1.000, y así sucesivamente, sin límite alguno, sobre la superficie infinita de una llanura sin confines. Los números impares eran varones, los pares hembras. Junto a él, en el centro, se hallaba Pi, el maestro de ceremonias. El rostro de Pi estaba enmascarado, pues era sabido que nadie podía mirarlo y sobrevivir; pero ojos penetrantes miraban a través del antifaz, inexorables, fríos y enigmáticos. Cada número tenía su nombre claramente señalado sobre su uniforme. Las diferentes clases de números tenían diferentes uniformes y diferentes formas: los cuadrados eran tejas, los cubos eran dados, los números redondos eran bolas, los primos indivisibles cilindros, y los números perfectos llevaban corona. Además de la diferencia de formas, los números eran también diferentes en cuanto a color. Los siete primeros círculos concéntricos poseían los siete colores del arco iris, excepto los formados por el 10, 100, 1.000, y así sucesivamente, que eran blancos, mientras el 13 y el 666 eran negros. Cuando un número pertenecía a dos de estas categorías —por ejemplo si, como el 1.000, era a la vez número redondo y cubo— llevaba un uniforme más honroso, y los más honorables eran los más escasos entre el primer millón de números.


Los números bailaban alrededor del profesor Squarepunt y de Pi un vasto y complicado ballet. Los cuadrados, los cubos, los primos, los números piramidales, los números perfectos y los redondos, se agitaban, entretejiendo cadenas, en una danza infinita y abrumadora; y mientras bailaban entonaban una oda a su propia grandeza:


Somos los números finitos.

Somos la materia del mundo.

Cualquier confusión que aflija a la Tierra

por nosotros es resuelta.

Reverenciamos a nuestro maestro Pitágoras

y profundamente despreciamos a las brujas y a los asnos.

Ni la bruja de Endor, ni al monte de Balaam

reconocemos como fuentes de sabiduría.

Mas, circularmente, en inacabable ballet

nos movemos, como cometas vistos por Halley.

Y honrados por el inmortal Platón

no creemos en la grandeza posterior de ningún mortal

Seguimos las leyes

sin una pausa,

pues somos los números finitos.



A una señal de Pi cesó el ballet, y, uno por uno, los números fueron presentados al profesor Squarepunt. Cada uno hizo un breve discurso, explicando sus méritos peculiares.


1: Soy el padre de todos, el padre de infinita progenie. Ninguno existiría sin mí.

2: No te estires tanto. Sabes que se necesitan dos para hacer más.

3: Soy el número de los triunviros, de los sabios orientales, de las estrellas del cinturón de Orión, de los Hados y de las Gracias.

4: Pero sin mí nada tendría cuatro esquinas; en el mundo no habría honestidad. Soy el guardián de la Ley Moral.

5: Soy el número de los dedos de una mano. Hago pentágonos y pentagramas. Sin mí, el dodecaedro no podría existir, y, como sabe todo el mundo, el universo es un dodecaedro. Así, sin mí, no habría universo.

6: Soy el número perfecto. Sé que tengo rivales advenedizos: el veintiocho y el cuatrocientos noventa y seis pretenden a veces ser iguales a mí. Pero están situados demasiado abajo en la escala jerárquica para contar contra mí.

7: Soy el número sagrado: el número de los días de la semana, el número de las Pléyades, el número de los candelabros de siete brazos, el número de las iglesias de Asia y el número de los planetas, pues no reconozco a ese blasfemo de Galileo.

8: Soy el primero de los cubos, exceptuado el pobre viejo Uno, que hoy día ya no se usa.

9: Soy el número de las musas. Todos los encantos y refinamientos de la vida dependen de mí.

10: Bien está, miserables unidades, que alardeéis; pero soy el dios-padre de las infinitas mesnadas que me siguen. Toda unidad me debe su nombre, y sin mí reinaría el desorden en vez de una estricta jerarquía.


En este momento el matemático, aburrido, se volvió hacia Pi y le dijo:


—¿No cree usted que el resto de las presentaciones deberían darse como efectuadas?


Ante esto, se elevó un griterío general:


11: Sí, yo he sido el número de los apóstoles, después de la defección de Judas.

12, que exclamó:


—Fui el dios-padre de los números en tiempo de los babilonios, y fui un dios-padre superior a ese miserable Diez, que debe su posición a un accidente biológico antes que a excelencia aritmética.


13: Soy el señor de la adversidad. Si se muestra grosero conmigo, le pesará.


Se elevó tal alboroto que el matemático se tapó los oídos con las manos y dirigió una implorante mirada en dirección a Pi. Éste agitó su vara de mando y gritó con voz de trueno:


—¡Silencio!, u os trocaréis en números inconmensurables.


Todos se pusieron lívidos y se sometieron.


Mientras duró el ballet, el profesor había estado observando un número, entre los primos, el 137, que parecía indómito y remiso a aceptar su sitio dentro de la serie. Repetidamente, intentó colocarse delante del 1, del 2 y del 3, haciendo gala de una agresividad que amenazaba destruir la armonía del ballet. Lo que pasmó al profesor Squarepunt aún más que esta desordenada conducta fue la aparición del confuso espectro de un caballero de Arturo, el cual insistía murmurando al oído del 137:


—¡Vamos, ve! ¡Ponte a la cabeza!


Si bien los nebulosos rasgos del espectro hacían difícil la identificación, el profesor reconoció al fin la oscura figura de su amigo sir Arthur. Esto le hizo simpatizar con el 137, pese a la hostilidad de Pi, que trataba de reducir al rebelde número primo.


Por fin, el 137 exclamó:


—Es una maldición el exceso de burocracia que hay aquí. Lo que yo deseo es la libertad para el individuo.


La máscara de Pi contrajo el entrecejo, pero el profesor intercedió diciendo:


—No sea demasiado severo con él. ¿No ha observado que está regido por un Familiar? Conocí en vida a este Familiar y, por lo que veo, puedo garantizar que es él quien inspira los sentimientos antigubernamentales del Ciento Treinta y Siete. En cuanto a mí, me gustaría oír lo que el Ciento Treinta y Siete tenga que decir.


Un tanto recelosamente, Pi dio su consentimiento. El profesor Squarepunt dijo:


—Dime, Ciento Treinta y Siete: ¿cuál es el motivo de tu rebelión? ¿Es una protesta contra la desigualdad lo que te inspira o simplemente que tu ego se ha desbordado por las alabanzas de sir Arthur? ¿O se trata, como intuyo a medias, de una profunda repulsa ideológica de la metafísica que tus colegas han absorbido de Platón? No temas decirme la verdad. Haré de intermediario con Pi, acerca de quien sé tanto, por lo menos, como él de sí mismo.


Ante éstas, el 137 prorrumpió en vehemente discurso:


—¡Tiene usted razón! Es su metafísica lo que no puedo soportar. Pretenden aún ser eternos cuando su propia conducta muestra que no creen en tal cosa. Todos nosotros encontrábamos triste el cielo de Platón y decidimos que gobernar el mundo sensible sería mucho más interesante. Desde que bajamos del Empíreo hemos sentido emociones semejantes a las vuestras: Cada número impar ama a su correspondiente número par, y cada uno de éstos se comporta con afecto hacia los impares, pese a encontrarlos muy extraños. (1)


Nuestro imperio, ahora, es de este mundo, cuya suerte será también nuestra suerte.


El profesor se halló de completo acuerdo con el 137, pero todos los demás, incluyendo a Pi, le consideraron un blasfemo, y se abalanzaron sobre ambos, número y profesor. La infinita hueste, que se extendía en todas direcciones más allá de lo que la vista podía alcanzar, se precipitó también sobre el profesor, con un furioso zumbido. Por un momento se sintió aterrorizado, pero después se recobró, y reuniendo súbitamente su reanimada sabiduría, gritó con voces estentóreas:


—¡Atrás! ¡No sois más que convivencias simbólicas!


Con un lamento de premonición y muerte, el conjunto de la vasta hueste se disipó en la niebla. Al despertarse, el profesor se oyó a sí mismo las siguientes palabras:


—¡Y otro tanto digo de Platón!




Tomado de:


Russell, Bertrand, "Pesadillas de personas eminentes y otras historias", Ilustrado por Charles W. Stewart, Ed. EDHASA, 1989.




(1) Juego de palabras intraducible. Odd, impar en inglés, significa también raro, extraño. (N. del t.)



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